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jueves, 8 de enero de 2015

LA COORDINACIÓN SANITARIA Y EL IMSERSO

Hace un año desde el IMSERSO decían que durante 2014 su prioridad sería la integración sociosanitaria. Algo que, en teoría supone que exista un "continuo asistencial" o que una persona mayor que vive en una residencia geriátrica porque tiene necesidades de salud y sanitarias pueda tener un único expediente sociosanitario que pueda ser consultado por unos y otros profesionales. Que un ingreso hospitalario sea una continuación de la atención y no una ruptura. Que la atención primaria (social y sanitaria), la hospitalaria y la residencial sean parte de un mismo "todo" orientado a ofrecer calidad de vida a la persona mayor dependiente.

Si lo entendemos así podemos intentar determinar si el hecho de que la integración sociosanitaria haya sido una prioridad para el IMSERSO durante 2014 ha servido para algo.

Lo cierto es que no.  Da igual cuál sea la prioridad del IMSERSO si lo que no tiene es capacidad para influir en quiénes de verdad tienen la posibilidad de hacer las cosas, o sea, las comunidades autónomas.

El IMSERSO dijo en 2009 que no quería que hubiese residencia para mayores de más de 100 plazas.  Pero ¿a quién se lo decía?  Desde luego, no a algunas comunidades:  Recientemente se ha inaugurado una residencia de mayores en Madrid pública  de 240.

En 2010 el mismo IMSERSO dijo que quería "repensar el modelo de las residencias".  La verdad es que, hasta donde yo sé, casi todas las comunidades están pensando hacer una cosa diferente y algunas están haciendo cosas diferentes sin pensarlas demasiado. ¿Alguna sigue el modelo "repensado" del IMSERSO?

Así las cosas, me parece que con lo de la coordinación o la integración sociosanitaria volvemos a estar en las mismas.  En Septiembre de 2013 escribí en este blog una entrada en la que decía que lo bonito de "lo sociosanitario" era "hablar" y no "hacer". Como el IMSERSO es un órgano más definido por su locuacidad que por su capacidad de generar frutos (dejando a parte sus vacaciones y el termalismo) supongo que seguirá teniendo a la integración sociosanitaria entre sus prioridades durante muchos años, con lo que tendrá la ocasión de regalarnos informes, jornadas, "repensamientos" y una completa panoplia de florituras oratorias sobre cómo deberían ser las cosas.

Lo más triste del asunto es que en el IMSERSO trabajan muchas personas de valía que puestos en otros lugares podrían aportar su talento en proyectos que de verdad viesen la realidad.  Algunos estaban allí cuando desde el gran edificio de Ginzo de Limia se coordinaba el funcionamiento de  residencias y servicios dirigidos a mayores en casi toda España.  Me imagino que entonces, lo que ahora parece un mausoleo postmoderno, debía ser un verdadero hormiguero humano de actividad gestora. 

Pero las competencias se fueron transfiriendo a las Comunidades Autónomas, el ámbito competencial fue pasando de un ministerio a otro, siempre como algo secundario y, al final, el IMSERSO quedó como un Titanic a medio hundir con una orquesta de músicos virtuosos que no deja de tocar desde una cubierta grotescamente inclinada una música que ya nadie quiere escuchar. 

miércoles, 19 de diciembre de 2012

A FAVOR DEL IVA DEL 4% UNICO PARA DEPENDENCIA

Lo he defendido varias veces y, aunque parece de lógica, todavía tenemos dos IVAs diferentes para los servicios de atención a la dependencia (tres si incluímos el IVA cero de algunos establecimientos benéficios).

Si una plaza en una residencia es concertada paga el 4% pero si es privada paga el 10%, salvo que el cliente reciba una ayuda pública en forma de Prestación Económica Vinculada (PEV) que suponga más de un 75% del precio de la plaza, en ese caso, también paga el 4%. ¿Resulta complicado?  La verdad es que lo es de una forma artificiosa.

Hasta 2010 los servicios a la dependencia compartían un único tipo de IVA, pero entonces, en lo que llamé en este blog "La Rebaja Interrupta del IVA" el gobierno del señor Zapatero decidió subir un punto el IVA a las plazas privadas en residencias y bajarle tres puntos a las concertadas.  Como quien paga básicamente las plazas concertadas son las comunidades autónomas la medida supuso una propina a esas comunidades mientras se subía el precio real que pagan los usuarios de las residencias privadas.  Todo ello a costa de introducir un elemento de ilógica en el sistema.

A partir de mediados de 2010 dos personas mayores que comparten habitación en una residencia con plazas privadas y concertadas generan tipos de IVA diferentes por recibir exactamente el mismo servicio.

El sistema se complicó en la siguiente subida del IVA, gobernando ya el Sr. Rajoy ya que se mantienen los diferentes tipos de IVA pero con un matiz: quienes reciban una Prestación Económica Vinculada que suponga más de un 75% del precio de la plaza pagan el 4% en vez de el 10% ¿Saben qué es lo más divertido de la medida?  ¡Que nadie recibe PEV que cubran más del 75% del coste de la plaza!

¿No sería más lógico que se unificase el tipo de IVA para todos servicios a la dependencia en el 4%?

Así lo han creído las asociaciones de residencias.  AERTE en la Comunidad Valenciana o ACRA en Cataluña incluso recogieron firmas para pedirlo.  También desde Cataluña surgió una iniciativa intermedia, que consiste en pedir que las plazas "de colaboración" (una figura anterior a la Ley de Dependencia parecida a la PEV pero asimilada en la gestión con el concierto) tuviesen un IVA del 4%, algo que se planteó como una "muy buena noticia" aunque algunos, entre los que me encuentro, veamos de muy difícil encaje en la legalidad.

Hace pocos días he recibido una nueva iniciativa que me ha gustado especialmente por ser muy "de internet".  Upimir, asociación que agrupa a pequeñas y medianas residencias, ha decidido lanzar una campaña de petición de firmas a través del portal Change.org, una de esas páginas que movilizan a internautas sobre una causa.  Hoy mismo, más de 210.000 personas han dicho que no quieren que los organizadores de la fiesta de Halloween donde murieron cuatro chicas organicen una fiesta de fin de año.

La campaña de Upimir pide de forma escueta  "IVA del 4% para todas las plazas de residencia en centros geriatricos" y en el momento en que escribo esta entrada lleva 44 firmas (una es la mía).  Animo a todos los que leen este blog a sumarse a la recogida.

No creo que Upimir consiga mucho más de lo que han conseguido otras asociaciones con sus recogidas de firmas pero estaría muy bien que se siguiese hablando de este tema que, aunque no sea el más relevante cuando tratamos de dependencia, sí lo podría ser para muchas familias que podrían, con un IVA más reducido, asumir el pago de una residencia privada para un ser querido que la necesita.


viernes, 20 de enero de 2012

ENTENDER QUÉ HA PASADO CON LA LEY DE DEPENDENCIA (GUÍA PARA INCAUTOS Y EXCESIVAMENTE CRÉDULOS)


Empezó con el cambio de gobierno en Cataluña, creció con el vuelco de las elecciones autonómicas de mayo y ahora aún más tras las generales.  Me refiero a una forma de razonar y quejarse que se basa en que los nuevos gobernantes vienen a desmontar el estado de bienestar que habíamos tenido hasta ahora.

Para mí este razonamiento adolece de un defecto esencial. Nosotros realmente nunca habíamos construido con nuestros recursos un estado de bienestar.

En diferentes dimensiones, todos los que hemos vivido los últimos años hemos sido testigos y protagonistas de lo que nos ha pasado por lo que, para ilustrar mi razonamiento voy a inventarme a una familia que podría perfectamente haber existido.

Juan y Juana son una pareja de 45 años que, tras dieciséis de matrimonio y tres hijos a la espalda atraviesan hoy un momento muy delicado.

Ambos trabajaban en una empresa que fabricaba y distribuía material eléctrico.  Juan no había acabado el BUP pero, lo contrataron a los dieciocho y, gracia a sus dotes personales se había convertido en uno de los comerciales más exitosos. Juana había estudiado empresariales, entró a hacer prácticas en la empresa y llegó a ser ejecutiva de cuentas.

La empresa iba viento en popa, gracias en su mayor parte al boom de la construcción, y ambos, excelentes profesionales obtenían, además de un generoso salario, una serie bonus e incentivos que les permitía vivir sin estrecheces.

Hace cinco años, tras analizar lo cómodamente que podían pagar la hipoteca de su casa, a pesar de llevar a los niños a un colegio privado, y hacer cada año un “viajecito”, decidieron comprarse una casita en la montaña.  Era el sueño de su vida.  Podrían ir en invierno a esquiar y en verano a pasar unos días, sin renunciar a algunos días de playa.  Juana era reticente ya que le daba miedo qué pasaría si algún día las cosas iban peor, Juan, más “echao palante” la convenció, al fin y al cabo, era un excelente comercial.

Estaban muy animados.  La “casita” era cara, algo más de lo que les había costado unos años atrás su piso en la ciudad, pero el banco, no sólo se la financiaba totalmente sino que les daba algo más con lo que Juan pudo cumplir los dos sueños de su vida: “la casita y el 4x4 de lujo”. Y eso sin desembolsar nada.  De hecho lo primero que pagaron por la operación fue un recibo de la hipoteca. 

¡Qué años tan felices!   Con los niños pequeños, subiendo a esquiar a la
casita en el cochazo y viendo como los vecinos les miraban con respeto y un toque de envidia.  Las únicas notas discordantes en esa bucólica situación eran dos: la madre de Juana que cada vez que les veía les preguntaba, “Pero ¿ya ahorráis algo?” Y algunos problemillas que empezaban a surgir en la oficina (que si alguna pequeña reducción en los pedidos, que si un cliente que no había pagado..), total, nada importante, el bonus de Navidad llegó y se fueron a celebrarlo pasando Fin de Año en Canarias.

Durante esas vacaciones, el hijo pequeño, preguntó a sus padres, “¿somos ricos?”.  ¿Por qué preguntas eso?, indagó la madre.  El primo Juan me ha dicho que somos ricos porque vamos a un colegio de niños ricos,  tenemos un coche de ricos y una casa en la montaña.  Juan, que no podía ocultar un cierto orgullo al oír a su hijo contestó. Tú déjales que digan, nadie nos ha regalado nada.  Juana se quedó pensativa: “regalado no, pero sí debemos mucho dinero” y el hijo se fue orgulloso de sus padres y seguro de que, efectivamente, eran ricos.

Ese fin de año marcó el inicio del cambio.  Los pedidos se redujeron de forma considerable y los impagos se multiplicaron.  La empresa tranquilizó en principio a los empleados asegurando que se mantendrían los salarios y sólo se sacrificarían los bonus.  Al año siguiente se pidió un esfuerzo a todos y pactaron una reducción del 10% del salario para seguir adelante sin despidos.

Intentaron mantener el nivel de vida pero, resultaba imposible. Juan, que solía llevar la voz cantante proponía esperar a que cambiasen las cosas, pidió un crédito personal y tiraron de tarjetas durante unos meses, pero, sin más ingresos, la cosa no hizo más que empeorar.  Juana proponía reducir gastos, cambiar a los niños de colegio y vender la casa de la montaña y el coche.  Las disputas en el matrimonio casi les llevaron al divorcio.

Finalmente, una noche de insomnio, Juan le dijo a su mujer. “Yo ya no puedo más.  Encárgate tú de la gestión de casa”.

Al día siguiente, Juana se puso manos a la obra, y al cabo de unos meses los niños ya no iban al colegio privado, ni a clases de hípica ni a esquiar.  El cochazo lo habían casi regalado, pero aún así había un problema insalvable: tenían que pagar el crédito personal, lo de las tarjetas y además de seguir pagando las hipotecas de su piso y de la casa de la montaña.  Vender el chalet era imposible: debían mucha más de lo que nadie pagaría por la casa.  Así que, la tesitura era perversa.  La única solución que se le ocurría a Juana para que no les embargasen era vender el piso de la ciudad, que estaba casi pagado, e irse a vivir de alquiler en uno más pequeño y sencillo.

Juana se sentía sola, le dolía cada cosa a la que tenía que renunciar.  Juan estaba decaído por lo que no servía de ayuda y los hijos, ya adolescentes, no hacían más que quejarse, “Mamá, ¿qué se te ha ocurrido quitarnos hoy? ¿Tampoco podremos ir a Irlanda este verano?.  Desde luego, cuando papá administraba las cosas nos iba mucho mejor”.

El final de la historia no lo conozco.  Quizás, tras cinco años de sacrificios han conseguido ponerse al día en sus deudas y viven de alquiler pero de una forma relativamente desahogada que les permite ahorrar un poco y tener algún lujo puntual.  Quizás entonces, la pareja comente ¿Te acuerdas cuando nos creíamos ricos? ¡Qué memos fuimos!.  O quizás Juana desiste del esfuerzo y cede ante las demandas de sus hijos adolescentes y su marido decaído, pide dinero a familiares, consigue un nuevo crédito de consumo y toda la familia acaba desahuciada, sin piso, ni casa de fin de semana, con el salario embargado y, eso sí, indignados con lo injusto que es el mundo.

Mientras Juan y Juana vivían su época dorada también la vivía España. La economía crecía, llegaban inmigrantes y el mundo nos dejaba el dinero que pidiésemos.  Así que nos pusimos a hacer AVEs, Aeropuertos, Universidades en cada provincia, decenas centros de convenciones, fastos y eventos varios.  Un día se nos ocurrió dar dinero por tener hijos y lo hicimos.  Nada de eso hubiese sido negativo si se hubiese planificado y previsto sus consecuencias a medio plazo, pero, como Juan y Juana nos sentimos ricos y nos dejamos llevar por lo que nos hacía ilusión.  Y algo que nos hacía mucha ilusión era tener una Ley de Dependencia, ¡Pero una de las buenas! Con cobertura universal desde la dependencia moderada hasta la gran dependencia, con poco copago y todos contentos.  Como Juan y Juana, intentamos no escuchar las voces que nos decían que gastábamos demasiado y que había que penar en ahorrar; como Juan y Juana ignoramos las señales de cambio que nos llegaban. Igual que Juana, que era más consciente de lo peligroso de la situación, dejamos decidir a Juan tomando más dinero prestado y, cuando nuestra “Juana” ha empezado a tomar decisiones, éstas ya sólo han podido ser dolorosas.

La diferencia entre la historia inventada y la de España es que en el segundo caso han sido unas elecciones las que han decidido el cambio de dirección.  Un cambio que, a pesar de no habérsenos mostrado de forma diáfana durante la campaña electoral, conocíamos bastante bien, especialmente en Cataluña.

Ahora estamos donde estamos y a casi todos nos afectarán las medidas.  A unos en forma de subida del IRPF, a otros de “tasa por receta” y a todos cuando toque la subida del IVA, del impuesto de carburantes o la necesaria modificación del cálculo de las pensiones.

Con toda seguridad la Ley de Dependencia se verá afectada también.  En Castilla la Mancha y Murcia anuncian que se podría cobrar una tasa por la valoración y que se someterán a copago todos los servicios de la Ley y ya se han levantado voces que dicen que eso es totalmente intolerable o que se trata de un “hachazo” al estado de bienestar.  ¡Despierten los que eso dicen!  La Ley de Dependencia, como norma estatal que garantizaba un derecho común, fracasó y sólo se ha mantenido como una ficción insostenible.  En algunas comunidades (que recibían buena puntuación en aplicación de la Ley) los prestadores de los servicios no han cobrado desde hace un año; algunas empresas de ayuda a domicilio agonizan por culpa de los impagos y, con los cambios de gobiernos autonómicos, los nuevos inquilinos han encontrado situaciones límite que ahora tienen ellos que administrar.

La grandeza de un estado de derecho radica en que cada uno pueda expresar libremente sus opiniones. Quienes quieran decir que ahora se están recortando derechos, que lo digan, pero que sepan que esos derechos a que se refieren, fueron sostenidos a crédito y no con nuestra capacidad.

La pena es que, mientras la discusión se centre en si lo que se hacen son recortes o no, nos olvidamos de lo esencial en lo que a dependencia se refiere: los dependientes.

Si hacemos el esfuerzo de volver mentalmente a 2004 cuando se empezaba a hablar en serio de hacer una Ley de Dependencia podríamos replantear las cosas:  pensemos una Ley que dé a los ciudadanos una tranquilidad:  “Si en algún momento de mi vida estoy en situación de gran dependencia, sé que recibiré un servicio profesional adecuado, tenga o no dinero, tenga o no familia”.  Con esa idea en mente, pensemos que la atención a los grandes dependientes debería ser universal y éstos deberían recibir servicios de ayuda a domicilio en sus casas, servicio de centro de día o residencia. La garantía sería la recepción del servicio sometiendo ésta a un copago que iría relacionado con la capacidad económica y que podría alcanzar al 100% del coste.  Los otros niveles de dependencia quedarían fuera de la cobertura universal (o sea, habría unos niveles de capacidad económica por encima de los cuales no habría derecho) y en el ámbito exclusivo de las comunidades autónomas.

Si la Ley se hubiese hecho así ahora el problema  que tendríamos sería menor.  Pero, claro, hablar a toro pasado es mucho más fácil que gobernar.

Por el bien de todos y de nuestro futuro, espero que los gobiernos gobiernen y replanteen la Ley.  Que la oposición y una parte de la opinión pública les atosiguen y que, dentro de un tiempo pasemos cuentas en las urnas.  Quizás también entonces como país podamos decir ¿Te acuerdas cuando nos creíamos ricos? ¡Qué memos fuimos!