sábado, 30 de junio de 2018

Viaje a Noruega para visitar residencias

Llevo unos meses dejando bastante desatendido el blog.  Perdón.

Lo cierto es que he estado haciendo algo que me gusta mucho y es viajar para conocer residencias de personas mayores.

Recientemente he estado en Noruega donde hemos visitado algunas que me han llamado poderosamente la atención por diferentes motivos.

En Drammen fuimos recibidos por una directora que hablaba muy bien el español y que nos explicó que eso de las unidades de convivencia de 8 plazas que hamos visto en Dinamarca o en Suecia se convierte en insostenible por lo que ella apuesta, y en su residencia han aplicado, unidades algo más grande (15 plazas), algo que en España se continuaría considerando pequeño.

Como una imagen vale más que mil palabras y un vídeo más que un millón, aquí os pongo una pequeña entrevista que hicimos a la directora en cuestión, Randi Hakonsen.


El modelo que aplican es claramente ACP y, aunque en este vídeo sólo mostramos la entrevista, dentro de poco voy a ir publicando en el canal de Youtube de Inforesidencias, otros que completarán este.

Visitamos una residencia de reciente construcción que cumple con los requisitos Passive House, que quiere decir que, a pesar de lo crudo del clima, casi no utiliza energía para mantenerse caliente o fresca; vimos otra que tiene una réplica de un supermercado, un restaurant y un pub para vivir situaciones reminiscentes y una construida en los años 60 que tenía cosas que hoy consideraríamos vanguardistas en España.

Lo iremos publicando todo y también alguna entrevista a personas que han venido al viaje y explican sus sensaciones y vivencias.  Aquí va un ejemplo: José Luis Monserrat, director de Residencial Palau, en Palau de Plegamans (Barcelona), una de las pocas residencias que ha conseguido tener un 100% de transparencia:





A ver si ahora puedo ir publicando de forma más seguida.

jueves, 28 de junio de 2018

Mirando al futuro


Hace escasos años muy poca gente, más allá de algunos ingenieros,  había oído hablar de impresoras 3D. Sin embargo, ahora no es extraño leer en el periódico (o más bien en ese fabuloso internet que nos nutre a la vez de información y desinformación) que en algún laboratorio van a “imprimir un órgano listo para el trasplante”; que lo último en gastronomía es la “comida impresa con formas imposibles” o que, dentro de poco, quien esté cansado de vivir sólo tendrá que bajarse unos planos de internet e “imprimirse una máquina de la
¿Llegaremos a recibir órganos de cerdos transgénicos
que son genéticamente "nosotros"?
muerte indolora”. 
 Todavía no entiendo exactamente cómo funcionan esas máquinas impresoras pero me maravilla que pronto pueda salvar la vida con un corazón impreso (yo que finalmente había aceptado que acabaría llevando el órgano de un cerdo transgénico), deleitarme con un manjar de forma intrincadísima y después suicidarme de una forma ordenada y sin molestar a nadie.

Por supuesto que, al paso que van las cosas, es bastante seguro de que antes que las impresoras 3d alcancen su cénit llegue otra tecnología para mejorarla o sustituirla.

Me pregunto cuál va a ser el gran avance que acabe influenciando de forma radical  la atención a personas mayores.  Como soy optimista creo que habrá alguno y que cuando en España el 35% de la población tengamos más de 65 años (hoy la cifra es el 18%) la situación será tal que permita a todos los dependientes tener la atención que necesiten, o por lo menos, algún tipo de atención.

Parece que el cambio que espero no vendrá en forma de una cura para el Alzheimer y otras demencias, algo que verdaderamente supondría un cambio radical en el sector geroasistencial.   Los esfuerzos por encontrar la “medicina maravillosa” han ido fracasando uno tras otro hasta el punto que las grandes farmacéuticas están reduciendo el dinero que dedican a buscar la cura, e incluso se preguntan si las aproximaciones seguidas hasta ahora eran equivocadas y debieran concentrarse en cuestiones tan peculiares como la forma en que el cerebro utiliza la energía que recibe (éste pesa el 3% del peso de una persona pero consume una cuarta parte de toda la energía del cuerpo).

Sin una cura a la vista es posible que los “avances en el Alzheimer” vengan en forma de diagnóstico precoz, tratamiento de síntomas puntuales en las fases iniciales de la enfermedad y, sobre todo, en forma de potenciación del apoyo social al enfermo y a su entorno junto a terapias no farmacológicas.  O sea, que vamos a tener Alzheimer para rato de forma que las residencias, centros de día, teleasistencia y ayuda a domicilio van a seguir siendo necesarias.

Pero, ¿Quién va a trabajar cuidando a los mayores dependientes si cada vez hay menos jóvenes en edad de trabajar?

Recordemos para los próximos años estas palabras: A.I (Inteligencia y redes neuronales artificiales), Deep learning (aprendizaje profundo) y Big Data (datos masivos).   Este trinomio y el CRISPR 9, del que trataré más abajo, van a cambiar el mundo, con casi toda seguridad, en la forma en que lo cambió la electricidad.

Las redes neuronales son modelos con los que se crean y programan ordenadores para hacerlos funcionar de una forma parecida a la que lo hace el cerebro humano, básicamente reconociendo patrones. 

El Deep Learning es un conjunto de algoritmos (un sistema ordenado de operaciones que permite hacer cálculos y hallar soluciones a problemas) con los que una red neuronal artificial puede, a medida que va haciendo cálculos y resolviendo problemas modificar sin intervención externa su propios algoritmos para que sean mejores a la hora de cumplir con su misión.  O sea, que han conseguido crear programas que van aprendiendo y se van modificando sin intervención humana.

El Big Data son todos los datos que recogen diferentes sensores, programas y sistemas y que se guardan de una forma ordenada. 

¿Por qué es tan importante ese trinomio?  Un ejemplo puede ayudarnos a entenderlo:

Imaginemos que tenemos un software de gestión en la residencia en el que llevamos diez años registrando las higienes, la administración de medicación, los cambios de pañales, las caídas, el fichaje del personal y muchas cosas más.

De momento ese software nos permite acumular datos y nos los presenta de una forma ordenada.  Eso es así hasta que una de esas empresas, utilizando un superordenador que funciona como una red neuronal artificial, se plantea que el software no sólo nos sirva de una forma pasiva sino activa.  Esa empresa de software “alimenta” un sistema de inteligencia artificial con los datos obtenidos en todas las residencias a las que ha vendido el programa desde que empezó a funcionar.  Por supuesto, quita todos los nombres propios y datos que permitiesen identificar a un individuo en concreto.  Eso no le interesa, sólo  la “big data” anonimizada.  A partir de aquí le pide al sistema  que encuentre patrones. 

Los patrones sencillos podríamos encontrarlos nosotros viendo sólo los datos de nuestra residencia, ¿Hay relación entre el número de caídas y qué personal concreto está trabajando?, ¿Hay relación entre el uso de pañales y la aparición de úlceras?

El sistema inteligente encontraría sin duda patrones más sutiles que ahora ni podemos imaginar.   Si, por suponer algo, el sistema nos propusiese una forma de hacer los cambios de pañales que ahorrase tiempo de trabajo y redujese el uso de los mismos, seguro que estaríamos contentos.  En ese momento, tras un buen primer resultado, quizás estaríamos dispuestos a “alimentar más a la máquina” ya que sabríamos que cuantos más datos tiene mejores resultados y propuestas nos haría.  Así, quizás pediríamos a nuestros residentes y empleados que llevasen un reloj inteligente que alimentase continuamente al sistema con más datos sobre su situación en el centro y constantes.    Un tiempo después, gracias a todos esos datos y al aprendizaje profundo, el sistema podría avisarnos de que alguien va a tener una baja laboral durante la próxima semana; un residente va a sufrir una caída o debemos cambiar del menú los garbanzos por lentejas.

Solo hace falta manejar y entender muchos datos para poder encontrar patrones y relaciones.  Si resulta que la persona que iba a ponerse de baja no lo hace, el sistema recibe la información, la relaciona con miles de millones de datos y “aprende un poco más” lo que le permitirá ser más ajustada la próxima vez.
¿Es ciencia ficción? No.  Así están aprendiendo Siri, Cortana y los otros asistentes virtuales a reconocer lo que les decimos.  Cada vez entienden más palabras y frases aunque se les resiste el significado, pero tiempo al tiempo.

Lo curioso de la inteligencia artificial y el Deep Learning es que no tiene un programa claro detrás ya que a medida que aprende va cambiando sus propias instrucciones siempre en persecución de las metas que le hayamos marcado.







miércoles, 18 de abril de 2018

Se acerca el día del libro. ¡Todo el mundo a escribir para el certamen "Pienso en tí"!


El año pasado me llamó la atención una noticia según la cual una persona de 68 años, o sea, alguien que según el criterio popular es “mayor”, no había sido admitido en un prestigioso curso de escritura creativa por motivos de edad.

El caso fue relevante en Estados Unidos donde los baby-boomers, o sea, los que nacieron entre los cincuenta y sesenta del siglo XX, representan un importante número, muchos de ellos están jubilados y mantienen capacidad económica y ganas de hacer cosas.

La escuela de escritores se defendió diciendo que el relato que había enviado el candidato no había pasado las pruebas de calidad; éste a su vez criticó que en los últimos años ningún candidato de más de cincuenta años había sido aceptado en el curso al que aspiran 15 persona por plaza ofertada.

Como al evaluar las candidaturas los jueces no saben la edad ni el sexo del escritor, al final el buen hombre se quedó sin curso.

Lo que me supo mal de la noticia es que daba a entender que hay una edad a la que una persona ya no puede ser escritora, algo que se contradice totalmente con la realidad.

Certamen literario "Pienso en tí"


Y prueba de ello es el concurso literario “Pienso en ti” , convocado por  Sanitas Mayores  y dirigido a personas de todas las edades, relacionadas de alguna manera con el Alzheimer (familiares, profesionales, pacientes).

Una gran oportunidad para que todo aquél que se encuentre dentro del colectivo y sienta dentro el gusanillo de la escritura, le dedique un rato y presente su candidatura.  Sólo hay que escribir entre 3 y 15 páginas y enviarlas antes del 15 de junio de 2018 (bases completas del certamen).    Además, como premiarán 12 relatos que se publicarán en un libro, las posibilidades de ganar son mucho más grandes que en concursos con un único ganador.

Para los que, leyendo en principio de este post, piensen que alguien mayor ya no puede escribir algo que valga la pena, les recuerdo que Octavio Paz, premio Nobel de literatura, escribió y publicó con más de 80 años. Y sin necesidad de acudir a tan importante personaje, sólo hace falta darse una vuelta por las residencias de mayores en cualquier punto de España, para descubrir a hombres y mujeres que escriben historias, cuentos, relatos y poesías.

Hace poco conocí a Mariana Verónica Gaianu, una mujer interesantísima que trabaja como auxiliar en una residencia de Reus (Tarragona) y que dedica su tiempo libre a escribir relatos sobre la vida en el centro, aquí hay un ejemplo.  Quiero decir que también los profesionales pueden ser candidatos y que no hay que ser un gran escritor para poder inventar algo y contarlo de una forma que sea entretenida y enriquecedora.

Así que, ánimo.  Aprovechemos estos días en que se acerca la fiesta del libro y

¡A escribir todos y todas!