lunes, 23 de enero de 2017

¿Quién nos cuidará cuando haya más viejos que jóvenes?




De vez en cuando escribo en este blog, o reseño noticias, que nos dicen de manera reiterada que la población europea envejece de manera cada vez rápida, no siendo España diferente del resto de países sino más bien uno de los países de cabeza en el pelotón senescente.


Un somero vistazo a las estadísticas del INE hace que veamos cómo se invierte de manera paulatina, pero implacable, la pirámide poblacional en prácticamente todas las provincias, aumentando el número de personas mayores de 65 años y disminuyendo de manera dramática el de nacimientos, con unos índices de natalidad que no cubren las expectativas económicas que permitirían una sostenibilidad del sistema de pensiones y de prestaciones sociales y sanitarias.


En países como Alemania se da ya la circunstancia de crecimiento natural negativo desde 1975, que se compensa año tras año con el aumento de la inmigración con un balance positivo entre quienes entran en el país y los que se van; por el contrario, en España, a la baja natalidad se une un descenso de la inmigración y un aumento de la emigración, que hace que exista un balance negativo haciendo que se marchen más personas que las que vienen.


La no llegada de inmigrantes, que son en su inmensa mayoría jóvenes, la salida de población autóctona, joven también, unidas al aumento de la esperanza de vida, dibujan un futuro de una sociedad con muchos ancianos, pocos niños y una franja de edad entre joven y media que no puede hacerse cargo de los primeros.


Los datos del INE son preocupantes. España, en 2015, ha perdido población, y se prevé una caída sostenida de unas 250 000 personas menos por año. Es decir, el número de habitantes de nuestro país irá descendiendo progresivamente en los próximos años hasta llegar a los poco más de 44 millones en 2023 (un descenso de 2,6 millones de personas ya que nuestro número más elevado fue de 46 667 175). Así, si no lo remedia la inmigración y no mejora la natalidad, en 2017 nacerán menos personas que las que fallezcan.


Tradicionalmente se ha pensado que cuando se llega a la ancianidad los hijos cuidan de los padres, pero en muy poco tiempo la sociedad ha cambiado y muchos parámetros ya no valen, lo que ocasiona desajustes y desconcierto en muchas familias que no saben cómo afrontar el cuidado de sus mayores, cuando aquellos que antes lo hacían, ya no pueden.

No se trata de culpabilizar a nadie ni se pretende, ni mucho menos, volver a la tradicional escena de la mujer que se queda en casa cuidando de sus padres renunciando a todo lo demás. Se trata de analizar qué ocurre cuando en una familia que antes tenía dos o tres hijos, ahora solo tiene uno que, además, debe salir del país por motivos diversos, o cuando la dependencia de la persona mayor se acentúa con los años, que cada vez son más, y no se dispone de medios ni tiempo para cuidarla.


Debería ser una cuestión de debate y reflexión qué ocurrirá en muy pocos años, cuando quienes estamos escribiendo y leyendo estas líneas seamos quienes necesitemos que nos cuiden y la situación no solo no haya mejorado, sino todo lo contrario. No habrá suficientes personas jóvenes no solo para cuidar a las mayores, sino para sostener económicamente el estado de bienestar.


Parece razonable pensar que para revertir esta situación deben implementarse políticas que apoyen a la natalidad, promuevan el empleo de calidad en los jóvenes y contemplen la inmigración como una oportunidad y no una amenaza, y que se gestione con criterios razonables de acogida e integración. Sin embargo, la sensación es que se vive más en el día a día, en el ir solucionando lo que surge en la esperanza de que el año 2023 queda lejos y ya veremos que pasa. Es una grave irresponsabilidad. 


Puede parecer, ciertamente, un planteamiento egoísta del asunto, «como me va a tocar ser viejo, a ver si no va a haber quien me cuide». Lo serio del asunto, es que se trata un futuro muy probable que afectará a la calidad de vida de muchos miles de personas y que tendrá repercusión económica directa en todos los ciudadanos, sean mayores o no. Afectará a los impuestos, a la cuantía de las pensiones, a los servicios que se precisas y para los que no se tendrá personal cualificado… en incluso a la configuración de pueblos y ciudades, acentuando la despoblación de zonas rurales y creando serios problemas de población envejecida sin recursos humanos o materiales que les permitan una vida digna y unos cuidados sociosanitarios adecuados.


No se puede invertir menos y mantener ratios de atención adecuados en las residencias para mayores, no se pueden sustituir todas las tareas por programas de monitorización y cámaras reduzcan la contratación de personal. Las soluciones no son sencillas, no pueden serlo ante un asunto tan complejo, pero lo que es seguro es que no pueden demorarse mucho en el tiempo. Provincias como Teruel, Orense, Burgos, Palencia, Soria, entre otras presentan un panorama que debe empezar a analizarse y al que se le deben empezar a aplicar soluciones imaginativas y rápidas.

Demos una mirada a nuestro entorno, a nuestra familia, a nuestra red de amigos y apoyo… cuando sea una persona anciana, ¿quién de ellos se preocupará de mí?, ¿podrá estar a mi lado?, si no hay nadie, ¿podrá alguien ocuparse de mis necesidades cuando yo no pueda hacerlo por mí mismo?


Tras ese vistazo, es interesante salir de lo personal y trasladarlo a la generalidad, pasar de «qué pasará conmigo» a «qué pasará con nosotros», ver un problema que se presenta cierto para tratar de ser parte de la solución. Reflexionar y debatir el tema en este foro, informarse y crear conciencia, ya forma parte de ella.