Mostrando entradas con la etiqueta envejecimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta envejecimiento. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de enero de 2017

¿Quién nos cuidará cuando haya más viejos que jóvenes?




De vez en cuando escribo en este blog, o reseño noticias, que nos dicen de manera reiterada que la población europea envejece de manera cada vez rápida, no siendo España diferente del resto de países sino más bien uno de los países de cabeza en el pelotón senescente.


Un somero vistazo a las estadísticas del INE hace que veamos cómo se invierte de manera paulatina, pero implacable, la pirámide poblacional en prácticamente todas las provincias, aumentando el número de personas mayores de 65 años y disminuyendo de manera dramática el de nacimientos, con unos índices de natalidad que no cubren las expectativas económicas que permitirían una sostenibilidad del sistema de pensiones y de prestaciones sociales y sanitarias.


En países como Alemania se da ya la circunstancia de crecimiento natural negativo desde 1975, que se compensa año tras año con el aumento de la inmigración con un balance positivo entre quienes entran en el país y los que se van; por el contrario, en España, a la baja natalidad se une un descenso de la inmigración y un aumento de la emigración, que hace que exista un balance negativo haciendo que se marchen más personas que las que vienen.


La no llegada de inmigrantes, que son en su inmensa mayoría jóvenes, la salida de población autóctona, joven también, unidas al aumento de la esperanza de vida, dibujan un futuro de una sociedad con muchos ancianos, pocos niños y una franja de edad entre joven y media que no puede hacerse cargo de los primeros.


Los datos del INE son preocupantes. España, en 2015, ha perdido población, y se prevé una caída sostenida de unas 250 000 personas menos por año. Es decir, el número de habitantes de nuestro país irá descendiendo progresivamente en los próximos años hasta llegar a los poco más de 44 millones en 2023 (un descenso de 2,6 millones de personas ya que nuestro número más elevado fue de 46 667 175). Así, si no lo remedia la inmigración y no mejora la natalidad, en 2017 nacerán menos personas que las que fallezcan.


Tradicionalmente se ha pensado que cuando se llega a la ancianidad los hijos cuidan de los padres, pero en muy poco tiempo la sociedad ha cambiado y muchos parámetros ya no valen, lo que ocasiona desajustes y desconcierto en muchas familias que no saben cómo afrontar el cuidado de sus mayores, cuando aquellos que antes lo hacían, ya no pueden.

No se trata de culpabilizar a nadie ni se pretende, ni mucho menos, volver a la tradicional escena de la mujer que se queda en casa cuidando de sus padres renunciando a todo lo demás. Se trata de analizar qué ocurre cuando en una familia que antes tenía dos o tres hijos, ahora solo tiene uno que, además, debe salir del país por motivos diversos, o cuando la dependencia de la persona mayor se acentúa con los años, que cada vez son más, y no se dispone de medios ni tiempo para cuidarla.


Debería ser una cuestión de debate y reflexión qué ocurrirá en muy pocos años, cuando quienes estamos escribiendo y leyendo estas líneas seamos quienes necesitemos que nos cuiden y la situación no solo no haya mejorado, sino todo lo contrario. No habrá suficientes personas jóvenes no solo para cuidar a las mayores, sino para sostener económicamente el estado de bienestar.


Parece razonable pensar que para revertir esta situación deben implementarse políticas que apoyen a la natalidad, promuevan el empleo de calidad en los jóvenes y contemplen la inmigración como una oportunidad y no una amenaza, y que se gestione con criterios razonables de acogida e integración. Sin embargo, la sensación es que se vive más en el día a día, en el ir solucionando lo que surge en la esperanza de que el año 2023 queda lejos y ya veremos que pasa. Es una grave irresponsabilidad. 


Puede parecer, ciertamente, un planteamiento egoísta del asunto, «como me va a tocar ser viejo, a ver si no va a haber quien me cuide». Lo serio del asunto, es que se trata un futuro muy probable que afectará a la calidad de vida de muchos miles de personas y que tendrá repercusión económica directa en todos los ciudadanos, sean mayores o no. Afectará a los impuestos, a la cuantía de las pensiones, a los servicios que se precisas y para los que no se tendrá personal cualificado… en incluso a la configuración de pueblos y ciudades, acentuando la despoblación de zonas rurales y creando serios problemas de población envejecida sin recursos humanos o materiales que les permitan una vida digna y unos cuidados sociosanitarios adecuados.


No se puede invertir menos y mantener ratios de atención adecuados en las residencias para mayores, no se pueden sustituir todas las tareas por programas de monitorización y cámaras reduzcan la contratación de personal. Las soluciones no son sencillas, no pueden serlo ante un asunto tan complejo, pero lo que es seguro es que no pueden demorarse mucho en el tiempo. Provincias como Teruel, Orense, Burgos, Palencia, Soria, entre otras presentan un panorama que debe empezar a analizarse y al que se le deben empezar a aplicar soluciones imaginativas y rápidas.

Demos una mirada a nuestro entorno, a nuestra familia, a nuestra red de amigos y apoyo… cuando sea una persona anciana, ¿quién de ellos se preocupará de mí?, ¿podrá estar a mi lado?, si no hay nadie, ¿podrá alguien ocuparse de mis necesidades cuando yo no pueda hacerlo por mí mismo?


Tras ese vistazo, es interesante salir de lo personal y trasladarlo a la generalidad, pasar de «qué pasará conmigo» a «qué pasará con nosotros», ver un problema que se presenta cierto para tratar de ser parte de la solución. Reflexionar y debatir el tema en este foro, informarse y crear conciencia, ya forma parte de ella.

lunes, 7 de noviembre de 2016

¿Morir atropellado por un tren e indemnizar a la compañía? Envejecimiento en Japón



Esta podría ser una historia en cualquier lugar del mundo, una mujer de cincuenta años se da cuenta de que su madre está “perdiendo la cabeza”; ha dejado de bañarse salvo que alguien se lo diga con insistencia, ha comprado de forma desordenada haciendo que en casa haya muchísimo papel higiénico pero nada de leche. Algunas noches da vueltas por la casa llamando insistentemente a su difunto marido y enfadándose al no encontrarle Un día incluso ha salido de casa y se ha perdido durante un día y una noche entera. Su hija descubrió lo que había pasado cuando la policía le llamó al haberla encontrado deambulando por una zona industrial alejada de su casa. La policía le dijo que había tenido suerte.

En 2014, el Libro Guinness de los Récords inscribió al japonés de la ciudad de Saitama, Momoi Sakari, como el hombre más longevo del mundo, con 111 años y 196 días de edad. Poco tiempo antes había fallecido el anterior recordman, un estadounidense de 111 años y 124 días.

Aunque ese dato podría interpretarse como algo únicamente positivo, también hay otras realidades ocultas tras un dato que trata del envejecimiento en el país del sol naciente: Cada año más de 10.000 personas mayores con demencia desaparecen en Japón. Muchos son encontrados muertos, otros nunca llegan a encontrarse. Para los que se pierden en las vías de un tren y mueren atropellados la familia puede llegar a vivir la indignidad póstuma de tener que pagar por la factura del accidente. En un caso, los herederos de un anciano vieron incrédulos la factura de 7,2 millones de yenes (unos 60.000€) que les fue presentada con la advertencia de que el pago atrasado generaría intereses.

Uno de los países más envejecidos del mundo


Japón es así una de las sociedades más envejecidas del mundo, detrás únicamente del minúsculo principado de Mónaco. Según un estudio llevado a cabo por el Ministerio japonés de Sanidad, Trabajo y Bienestar, el número de personas mayores de cien años en el país se situaba en 54.397 el día 15 de septiembre de 2014, fecha en que se celebra el Día de Respeto a los Ancianos, Keirō no hi en japonés. Esta cifra representa un nuevo récord, ya que supera en 3.021 personas el dato del año anterior (51.376); además, ya son 43 años consecutivos de esta tendencia al alza. La mujer más anciana del archipiélago nipón es Ōkawa Misawo, de 115 años y residente en la ciudad de Osaka, mientras que el hombre de más edad es el ya mencionado Momoi Sakari. Para los millones de jubilados nipones que bien un envejecimiento activo, alargar la esperanza de vida se convierte en una especie de bendición de vida plena, sin embargo ésta trae consigo una servidumbre añadida en forma de aumento del número de personas que sufren demencia. Esta situación cada vez plantea con más fuerza la pregunta de quién debe asumir las decisiones sobre la vida de estas personas y la responsabilidad que emana de las mismas.

Desde el punto de vista demográfico se trata de una pregunta importante ya que, como cada vez hay más mayores y menos niños, la población japonesa está decreciendo y lo va a hacer a razón de 700.000 personas por año durante 10 años entre 2020 y 2030 de forma que, si siguiese con esa racha en el año 3.000 el país tendría 1.000 habitantes.

Cuida la familia


Si hoy son 5 millones los japoneses sufren algún tipo de demencia relacionada con la edad (como el Alzheimer), en 2025 la cifra subirá hasta los 7 millones. Muchas de estas personas van a necesitar atención con la dificultad añadida de vivir solos en un domicilio recibiendo cuidados esporádicos de sus parientes. Ese “cuidado familiar” que para muchos es muestra de la salud de la institución básica de la sociedad trae consigo un efecto oculto y siniestro: según algunos estudios, tres cuartas partes de los familiares cuidadores viven en una situación de estrés tan elevada que afecta a su propia salud. En encuestas que se realizan en Japón aparecen pensamientos suicidas en los cuidadores o, algo igual de terrible: en 2015 se produjeron 44 intentos se asesinato por parte de familiares cuidadores (no hemos encontrado el dato de cuantos acabaron en la muerte efectiva del mayor).

Japón intenta adaptarse a la vida en un país con tantos mayores y menos jóvenes. La edad de jubilación obligatoria desapareció hace algún tiempo por lo que no resulta extraño encontrar taxistas de más de 70 años o personas mayores vigilando en obras o trabajando en supermercados. Cada vez más personas de más de 65 años dicen que están dispuestos a seguir trabajando mientras estén en forma, algo relacionado sin duda con el mantenimiento de la capacidad adquisitiva.

La adaptación a una sociedad envejecida se nota cada vez en más detalles: las tiendas de barrio surgen en todas partes adaptándose a las costumbres de compra de un mayor sin coche y con ganas de cargar poco peso. Las compañías de teléfonos, automóviles y elecrodomésticos han fabricado productos con funciones más sencillas e intuitivas, con letras grandes y contrastadas que permitan su uso normal por parte de un octogenario.

La financiación pública para la atención a la dependencia para las personas mayores parece no estar a la altura del resto de adaptaciones a las que se somete el país. En 2010 ese gasto tan solo el el 1,2% del PIB frente al 3,7% de Holanda (Datos de la OCDE). La razón por la que es Estado paga menos por los cuidados a mayores radica en la especial implicación que mantiene la familia, que, a menudo está dispuesta a gastar ahorros, e incluso a dejar su propio trabajo para cuidar al pariente anciano.

¿Traer a cuidadores del extranjero?


Un problema añadido para poder incrementar el cuidado profesional de mayores dependientes es la grave falta de enfermeras, debida en parte al bajo salario que cobran las que se dedican al cuidado de ancianos. Hace unos diez años el gobierno anunció que traerían a un gran número de enfermeras desde Filipinas e Indonesia. El anuncio se ha quedado básicamente en eso debido a que los visados ​​son extremadamente difíciles de obtener y a que los trabajadores extranjeros dedicados a cuidar a mayores deben pasar pruebas de lenguaje absurdamente difíciles. Total, que solo unas pocas enfermeras extranjeras se han conseguido incorporar.

Encontrar plaza en una residencia geriátrica cuando esta es la opción más adecuada, también se está convirtiendo en un problema importante. Un informe afirma que para el año 2025 cerca de 130.000 ancianos con demencia en Tokio necesitarán una plaza en una residencia de tercera edad de larga estancia pero no la podrán encontrar. Si pensamos en todo el país, alrededor de 520.000 personas mayores estaban en 2013 en lista de espera para ingresar a una residencia asistida, entre las que unas 150.000 eran totalmente incapaces de cuidar de sí mismas. Debido a la tendencia demográfica, cabe pensar que ya han superado ampliamente estas cifras.

Que los ancianos vayan a vivir al campo


Un grupo de reflexión, el Consejo de Política de Japón, presentó recientemente una solución desesperada: alejar a los ancianos de la capital para estimular a las comunidades rurales en declive. El 
Ubasute
plan fue aprobado por el gobierno, aunque ha sido recibido con cierta reticencia. El ministro a cargo de la revitalización rural, Shigeru Ishiba, tuvo que negar que el gobierno estuviera volviendo al ubasute 姥捨て, la antigua costumbre mítica de empujar a la abuela para que se vaya a una montaña a morir. También insistió en que nadie se vería obligado a moverse.

Hasta la fecha, más de 200 municipios rurales han expresado su interés en acoger lo que se denomina comunidades de jubilación continua. Algunos ya están funcionando aunque falta por determinar un detalles: si este modelo tiende a generalizarse, ¿debe hacerse cargo del mismo el Estado o la persona que se beneficia y sus familiares?

Shinzo Abe, primer ministro del Japón promete que su país está llamado a convertirse en un ejemplo para el mundo a la hora de afrontar el envejecimiento de la población. Entre sus promesas está una mejor financiación para la investigación sobre la enfermedad de Alzheimer y más dinero para entrenar a 60.000 médicos en su diagnóstico temprano de ese tipo de demencia. Pero se debe hacer mucho más, incluyendo la reducción de las barreras inmigratorias que impiden, como ha quedado señalado más arriba que vayan a trabajar a Japón trabajadores especializados en la atención a mayores.

Volviendo a los ancianos atropellados por trenes, las actitudes en Japón están cambiando. En un fallo histórico en marzo de 2016, la Corte Suprema de Japón falló contra Japan Railways en su intento de reclamar los costos de un accidente que acabó con la muerte de un anciano. El mayor, u hombre de 91 años que sufría demencia tropezó en las vías del tren durante un paseo. La compañía argumentó que el hijo y la esposa del hombre eran responsables porque "no cumplían con su obligación" de vigilarlo. El hijo por su lado, alegó lo caro y agotador que es cuidar a tus padres cuando estos se han vuelto a convertir en convertido en niños. Esta vez, los jueces se sintieron más cerca del familiar cuidador que de la empresa de ferrocarriles.
Fuentes del texto:

jueves, 6 de octubre de 2016

¿Podemos vivir más de 122 años? Los expertos dicen que no, la experiencia que sí.

Una interesante noticia aparecida en El Pais hace pocos días decía que El límite máximo para una vida humana puede haberse alcanzado ya. Y son 122 años.

La señora Jeanne Louise Calment se pone como ejemplo del máximo que puede vivir una persona sin que algo patológico o traumático la mate antes.

Es cierto que cada vez hay más centenarios y que éstos cada vez viven mejor, el artíulos se refiere a un estudio elaborado por parte de la Escuela de Medicina Albert Einstein de Nueva York.  (Albert Einstein murió a los 76 años).

Lo que pasa es que cada vez que los científicos se han puesto a calcular cual es el tiempo máximo que puede vivir un ser humano se han equivocado por lo que, si pensamos que vivir mucho más de 120 años es algo positivo, podemos estar relativamente tranquilos.

En 1928, cuando la expectativa de vida en países como Estados Unidos era de 57 años, el estadístico Louis Dublin calculó que la posibilidad de vida máxima media sería de sesenta y cinco años.  Como entonces no había Google ni otras formas de tratar grandes cantidades de datos, posiblemente el señor Dublin no sabía que en Nueva Zelanda las mujeres ya tenían una expectativa de vida media superior a la que él había previsto.  Otro equipo formado en 1990 volvió a intentarlo y estableció un límite de 85 años.  Esa cifra se alcanzó por parte de las japonesas en 1996 (Fuente: Jim Oeppen and James W.Vaupel "Broken limits to life expectancy", Science 296,5579 (2002)).  Este mismo artículo miraa los pronósticos que han hecho las  Naciones Unidas y el Banco Muncial.  Cada vez que hacen una previsión ésta se ve rota a los pocos años (cinco, como media).

Es cierto que de lo que habla el País es de un límite biológico y no estadístico. No obstante resulta interesante saber que, si miramos datos estadísticos desde hace 160 años hasta la actualidad, resulta que las  mujeres han ido aumentando una media de tres meses de expectativa de vida por año desde entonces hasta ahora.

Los científicos del la Escuela de Medicina Albert Einstein han detectado que la expectativa de vida se ha frenado en los últimos años y que podemos estar llegando a un "límite biológico".  Tendremos que esperar cinco años para ver si éste se rompe tambié.

lunes, 29 de agosto de 2016

¿Son los mayores una amenaza para la sociedad?

Cuando la crisis de la deuda afectó de forma explosiva a Grecia, los pensionistas se convirtieron en el objetivo de los deudores internacionales que habían ido prestando dinero a ese país sin, aparentemente, darse cuenta de en qué se gastaba.

Es cierto que el sistema de pensiones griego era bastante peculiar. Hasta el estallido de la crisis, los griegos se podían jubilar con poco más de 61 años, cobrando el equivalente de algo más del 90% de su sueldo anterior.
           
Pero es que, además, en Grecia existían cerca de 600 categorías laborales que, alegando motivos de salud, podían optar a la jubilación anticipada, establecida en 50 años para las mujeres y 55 para los hombres. Y entre estos últimos beneficiados había todo tipo de profesiones, desde peluqueros hasta trompetistas, flautistas, cocineros, masajistas e incluso presentadores de televisión, entre otros.

Que una parte de lo que pedía prestado el Estado griego a prestamistas alemanes fuese para pagar un sistema de pensiones más beneficioso que aquel que tenían los propios alemanes, fue sólo uno de los motivos por los que, después de adoptar las “medidas de racionalización”, un 54% de pensionistas griegos cobran ahora la mitad que 2010.

Pero el caso de Grecia ha sido totalmente excepcional en el entorno europeo.  En casi todos los países de nuestro entorno la participación de los mayores en los procesos electorales y el interés de la “edad media” (entre 45 y 65 años) por la futura pensión pesa tanto a la hora de tomar decisiones  que ningún país ha tomado decisiones drásticas en relación con el sistema de pensiones y casi todos, incluida España viven el presente y toman decisiones muy a corto plazo.

La pregunta que se empieza a plantear en algunos círculos es si esa gerontocracia es sostenible económicamente y sobre todo, moralmente.

La guerra entre generaciones es algo que ya se planteó en el libro “El complot de Matusalem” y que ahora volvemos a leer en revistas económicas y de relaciones internacionales.

Para entender la situación, en el ámbito de la Unión Europea, los mayores de 65 años representan aproximadamente el 25% del electorado (130 millones de personas). En España El porcentaje de los mayores de 65 años sobre el total de la población electoral no para de crecer siendo hoy el 24,5%. Si tenemos en cuenta las dos últimas elecciones, entre las que sólo pasaron seis meses, mientras que el censo total descendió en cerca de 38.000 personas, los mayores de 65 años se incrementaron en casi 35.000 electores. Los votantes mayores de 65 suman algo más de 8,5 millones, de los cuales 4,9 millones son mujeres y 3,6 hombres.

Cada vez hay más expertos que se dedican a analizar resultados electorales desde una perspectiva gerontológica (un ejemplo claro ha sido el referéndum del “brexit”), pero también las campañas electorales y las políticas que plantean los gobiernos.  En 2014 Angela Merkel hizo algún “regalo” a los pensionistas tras ganar un tercer mandato; David Cameron en su última campaña electoral en el Reino Unido garantizó a los pensionistas la integridad de sus pensiones.  En países como Francia e Italia cualquier atisbo de reforma es recibido con tanta virulencia por parte de los sindicatos que todo proyecto acaba en nada o casi.

La crisis económica ha afectado a países como España de una forma peculiar, pasándose de casos en que los hijos ayudaban a los padres jubilados a pagar la residencia a otros en los que son los padres, con pensiones que han mantenido casi al completo su poder adquisitivo, quienes ayudan a hijos que se han quedado sin trabajo o han visto rebajados sus ingresos.  Pensemos que en España en 2012, un 27,3% de los hogares tenía como sustentador principal a un mayor de 64 años.


Cuando algún país plantea reformas, normalmente lo hace garantizando a los actuales pensionistas sus condiciones actuales y estableciendo rebajas (más años de cotización, retraso en la edad mínima de jubilación..) para los que tengan que jubilarse.

Estas medidas, sin un verdadero plan a largo plazo empiezan a generar tensión.  En España el Estado está pagando pensiones con el “fondo” que se creó hace unos años cuando la sociedad era más joven.  El problema es que, al ritmo actual, este no tardará en acabarse.

Para muchos, entre los que me encuentro, estamos viviendo una situación un poco enfermiza:

Tengo 51 años y cuando hablo con gente de mi edad, por un lado, todos decimos, medio en broma: “Seguro que cuando nos jubilemos no podrán pagarnos nada” o cosas por el estilo.   Por otro lado, nos molestaría mucho que a nuestros padres, que han trabajado muchos años, alguien les rebajase la pensión; o que se alargue la edad de jubilación o que se haga cualquier cosa ahora para mejorar el sistema en el futuro.

Si, cuando llegue el momento, efectivamente no nos pagan nada (o nos pagan mucho menos de lo que habíamos pensado), nos enfadaremos mucho.

Creo que nos pasa como con el medio ambiente:  sabemos que hay un problema y sabemos que para solucionarlo deberíamos renunciar a cosas. Pero no queremos renunciar a nada y nos enfadaremos el día que empecemos a notar las consecuencias.

De momento la cosa está así, los gobiernos de la Unión siguen gastando más o menos el equivalente al 15% del Productor Interior Bruto en pensiones y menos de la mitad en educación o políticas relacionadas con las familias.  O sea, gasta el doble en los “viejos que en los jóvenes”.  

De momento esto que he escrito de forma provocativa resulta llamativo.  Lo que dicen algunos como Frank Schirrmacher, es que en los próximos años los mayores van a empezar a ser vistos por parte de generaciones más jóvenes como unos egoístas que durante su vida no han tomado las medidas adecuadas para crear un sistema sostenible y en su vejez se convierten en una especie de sanguijuelas del sistema.

Parece ciencia ficción pero no lo es.  Veamos por ejemplo, la web de la Fundación para la protección de los derechos de futuras generaciones, o la Asociación a favor de la justicia intergeneracional.  Estas entidades entienden que el sistema actual de pensiones en el que quien trabaja paga la pensión de quien hoy está jubilado (en vez de guardar dinero para “su” pensión), se basa en un pacto intergeneracional.  Yo pago la pensión de mis padres y espero que mis hijos pagarán la mía.

La clave para que el sistema funcione se basa en que existan suficientes personas para financiar las pensiones en cada momento.  Si quien está pagando hoy llega a la conclusión de que, cuando le toque cobrar el sistema no funcionará, existe el riesgo de que no quiera seguir participando en un sistema averiado.

Ante esta situación algunos hablan de la existencia, no de un dilema sino de un “trilema”, o sea, la difícil búsqueda de un equilibrio entre  sostenibilidad económica, solidaridad intergeneracional y justicia.  La idea del trilema que expongo a continuación está inspirada en lo expuesto por parte de Edoardo Campanella en la Revista Foreign Affairs de 6 de Julio de 2016, artículo “Cómo los jubilados amenazan el futuro del Continente”.

Sostenibilidad

Aunque no nos guste, si queremos que el sistema sea sostenible en un futuro con más mayores y menos jóvenes, acabaremos bajando las pensiones y alargando la edad de jubilación ajustando ambos elementos a las variaciones en la expectativa de vida y la posibilidad real de trabajar.  Sin embargo, este factor no puede ser el único que se tenga en cuenta ya que, tal como hemos aprendido de Grecia, si se busca sólo el resultado económico puedes acabar fracasando y generando en el proceso una verdadera catástrofe social.

Solidaridad intergeneracional

Este principio debería aportar flexibilidad a las “medidas objetivas”.  Se ha propuesto que la pensión no dependa únicamente de lo que se ha cotizado durante la vida sino que busque garantizar a todos los pensionistas la obtención de un  mínimo.  Esta medida podría requerir financiar el sistema con impuestos.

Dentro de la idea de solidaridad y flexibilidad se ha planteado que las personas con menos formación, o sea más proclives a ser expulsadas del mercado laboral por cambios tecnológicos, pudiesen jubilarse antes pero estableciendo algún sistema por el que pudieran devolver parte de lo que la sociedad les da.

Justicia intergeneracional

En un momento en el que la economía está estancada y el número de personas en edad de trabajar se reduce, tener a millones de personas inactivas resulta un lujo que las sociedades modernas no podrán permitirse.

Hay quien propone que todos los jubilados con una capacidad física que se lo permita, deberían participar en actividades de voluntariado u otras en beneficio de la comunidad y que esta participación debería tener una relación con la pensión que se recibe.   

Resultan elementos innovadores pero que encontrarán obstáculos enormes ya que suponen variar instituciones que están muy consolidadas en la mente de las personas “Tengo derecho a cobrar pensión porque he trabajado muchos años” y además son material “altamente manipulable” desde el punto de vista político.

No cuesta imaginarse a quien en ese momento ocupe la oposición política lanzarse como un perro rabioso contra el gobernante que plantee alguna medida de este tipo.

Ante esa posibilidad se plantea una medida verdaderamente disruptiva: buscar que el poder político que suponen los mayores se diluya.  Esto puede conseguirse bajando la mayoría de edad a los 16 años, limitando la capacidad de presentarse a elecciones a una edad máxima o, con medidas que sí que serían de ciencia ficción como limitar la capacidad de votar a los que tengan más de determinada edad (eso es precisamente lo que han hecho en el Reino Unido un grupo que ha planteado la iniciativa al Parlamento.  Necesitan 100.000 firmas para que lo tenga que discutir el parlamento, llevan… seis).


Sea cual sea la solución del trilema, sigo teniendo un pensamiento que me preocupa.  En el estoy en una cama en algún tipo de establecimiento (hospital o residencia), tengo noventa y cinco años y un nieto o bisnieto  que me mira fijamente y me pregunta: “¿Sabes cuánto cuesta mantenerte?  Tu generación tuvo muchos años para tomar las decisiones adecuadas, para prever que necesitaríamos cuidarte y costaría dinero.  ¿Por qué no hicisteis nada?.  Habéis sido una generación egoísta”.  Yo, no se qué decir.

lunes, 2 de junio de 2014

ACABO DE CUMPLIR 49 AÑOS

A medida que me acerco al medio siglo de vida paso más tiempo mirando hacia atrás e intentando evaluar lo que he conocido.

Así las cosas, estoy releyendo muchos artículos y columnas de las que he escrito hasta ahora (no todos están en este blog) y así he encontrado algo que creo viene al caso.  Quizás con la edad me vuelvo vago y por eso, en vez de escribir algo totalmente nuevo, he reescrito unas líneas de hace un año.  Aquí están:

Lo malo del futuro es que para llegar a él tenemos que superar el presente. Empecé a trabajar en el mundo de la atención a personas mayores hace ahora 23 años y llevo 23 años oyendo decir que éste es un sector con mucho futuro, que a medida que envejezca la población harán falta más profesionales y servicios para atenderlos por lo que, quienes trabajen cuidando a personas mayores tendrán un horizonte de prosperidad casi garantizada.

Y así vivimos, esperando que llegue ese provenir dorado, recordando lo bien que iban las cosas en 2007 y cómo entonces fuimos incapaces de darnos cuenta de ello. Y es que para el sector de la atención a personas mayores, sobre todo en residencias, la crisis económica general que nos azota en los últimos años se ha sumado a una coyuntural debida a un factor puramente demográfico: durante los años de la guerra civil nacieron menos niños en España y encima, a bastantes de los que lo hicieron, las penurias bélicas y la postguerra les robaron la posibilidad de llegar a la edad adulta. Esos “no nacidos” han marcado los últimos años de la economía española. Durante los primeros años del siglo XXI ese grupo virtual se tendría que haber jubilado, pero no lo hizo porque no existía, o sea que, cuando pensábamos que éramos ricos, mientras cientos de miles de extranjeros venían a España y empezaban a cotizar y a consumir, el número de nuevos jubilados que cobraban pensión se reducía. Tendríamos que haber sabido que era algo pasajero, pero entonces lo que estaba de moda, tanto ‘en lo público’ como ‘en lo privado’, era gastar, no planificar.

Recuerdo con una mezcla de añoranza y vergüenza ajena a quien era entonces presidente del Gobierno vanagloriándose de cómo crecía el “fondo de las pensiones” (¿iluso o insensato?). Los “no nacidos” empezarían ahora, si viviesen, a necesitar atención a la dependencia y cuidados especializados pero como no están lo que notamos es su ausencia. Una ausencia que también será pasajera y relativa ya que el número total de personas mayores (alrededor del 17% de la población española) es lo suficientemente alto como para garantizar que el sector gerosasistencial, medianamente financiado y tratado con un mínimo de confianza, se mantenga e incluso prospere en esta situación de adversidad. Si intentamos imaginarnos con un poco de rigor cómo será nuestro mundo y la atención a personas mayores cuando la generación de los “no nacidos” ya no estén entre nosotros, o sea, cuando la generación del ‘baby boom’ (entre la que me encuentro, nací en 1965) alcance la vejez, quizás concluyamos que lo que parecía hermoso futuro no lo sea en el sentido que nos habíamos imaginado.

Voy a plantearlo en primera persona y voy a pensar en el día de mi “milmesario”, o sea el 1 de septiembre de 2048, en el que cumpliré mil meses de vida (83 años y cuatro meses). Ese año, España llevará ocho siendo el más envejecido de la tierra y tendrá cinco millones menos de habitantes que en la actualidad. Alrededor del 30% de la población tendrá más de 65 años y un 10% tendrá más de 80. Resultaría iluso pensar que en esa situación, a la que no llegaremos de un día a otro sino que se acercará a nosotros de forma paulatina, un sistema público de cobertura como el actual, pueda mantener a los jubilados con una pensión adecuada y a los dependientes con servicios y prestaciones.
Y no se trata sólo de una cuestión económica sino de algo más grave, la falta de mano de obra. Imaginemos que empiezo a necesitar algún tipo de ayuda profesional cuando cumpla los mil meses e imaginemos que mi futuro cuidador será una persona que tenga entonces unos 35 años. ¡Qué bonito! Es posible que esa persona esté naciendo mientras escribo estas líneas. O sea que mi futuro cuidador (o cuidadora) está naciendo en uno de los años en que menos nacimientos se producen. Si no cambian mucho las cosas, él o ella será hijo único o tendrá algún hermano con el que compartirá un único progenitor. Si seguimos como hasta ahora, mi cuidador crecerá en un entorno familiar y social que le hará ser “poco tolerante a la frustración”. Pasará por el sistema educativo en un ambiente de cierre de colegios por falta de niños y llegará a la edad adulta en un entorno de falta endémica de mano de obra en el que las personas no podrán jubilarse antes de los 70 ó 75 años (no por una cuestión legal sino de mera subsistencia) y los trabajadores jóvenes serán ambicionados por todos los sectores productivos. Si hoy, con unas tasas de paro altísimas, es difícil encontrar a buenos profesionales que quieran trabajar en el cuidado de personas mayores en residencias. ¿Qué podremos ofrecerles dentro de cuarenta años para que escojan cuidar a ancianos frente a miles de otras opciones? Creo que a esta pregunta deberíamos empezar a buscarle respuesta a partir de ahora. Es cierto que el día a día nos consume pero la cuestión es de vital importancia. Si no hacemos nada corremos el riesgo de ser vistos por parte de los futuros escasos jóvenes como una carga insoportable de “viejos egoístas”. Hoy, si le dijésemos a alguien de 85 años que es una carga para la sociedad él nos podría responder que esa sociedad se creó sobre sus espaldas y sacrificio, que cuando el nació España estaba en ruinas y todo lo que tenemos hoy (mucho o poco) se debe al esfuerzo de su generación. ¿Qué les podremos decir a nuestros cuidadores cuando nos acusen de ser una carga insoportable? ¿Y cuándo nos pregunten por qué no nos sacrificamos para que el sistema de pensiones no quebrase, o para que el medio ambiente no sufriese tanto? Empecemos hoy a pensar las respuestas ya que si no las encontramos quizás nos quedemos con la palabra en la boca y sin nadie que nos cuide.

Autor del post:  Josep de Martí