jueves, 6 de octubre de 2016

¿Podemos vivir más de 122 años? Los expertos dicen que no, la experiencia que sí.

Una interesante noticia aparecida en El Pais hace pocos días decía que El límite máximo para una vida humana puede haberse alcanzado ya. Y son 122 años.

La señora Jeanne Louise Calment se pone como ejemplo del máximo que puede vivir una persona sin que algo patológico o traumático la mate antes.

Es cierto que cada vez hay más centenarios y que éstos cada vez viven mejor, el artíulos se refiere a un estudio elaborado por parte de la Escuela de Medicina Albert Einstein de Nueva York.  (Albert Einstein murió a los 76 años).

Lo que pasa es que cada vez que los científicos se han puesto a calcular cual es el tiempo máximo que puede vivir un ser humano se han equivocado por lo que, si pensamos que vivir mucho más de 120 años es algo positivo, podemos estar relativamente tranquilos.

En 1928, cuando la expectativa de vida en países como Estados Unidos era de 57 años, el estadístico Louis Dublin calculó que la posibilidad de vida máxima media sería de sesenta y cinco años.  Como entonces no había Google ni otras formas de tratar grandes cantidades de datos, posiblemente el señor Dublin no sabía que en Nueva Zelanda las mujeres ya tenían una expectativa de vida media superior a la que él había previsto.  Otro equipo formado en 1990 volvió a intentarlo y estableció un límite de 85 años.  Esa cifra se alcanzó por parte de las japonesas en 1996 (Fuente: Jim Oeppen and James W.Vaupel "Broken limits to life expectancy", Science 296,5579 (2002)).  Este mismo artículo miraa los pronósticos que han hecho las  Naciones Unidas y el Banco Muncial.  Cada vez que hacen una previsión ésta se ve rota a los pocos años (cinco, como media).

Es cierto que de lo que habla el País es de un límite biológico y no estadístico. No obstante resulta interesante saber que, si miramos datos estadísticos desde hace 160 años hasta la actualidad, resulta que las  mujeres han ido aumentando una media de tres meses de expectativa de vida por año desde entonces hasta ahora.

Los científicos del la Escuela de Medicina Albert Einstein han detectado que la expectativa de vida se ha frenado en los últimos años y que podemos estar llegando a un "límite biológico".  Tendremos que esperar cinco años para ver si éste se rompe tambié.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Qué hay que tener en cuenta cuando visitamos a un ser querido en una residencia de mayores


En ocasiones, las personas que tienen a un familiar viviendo en una residencia sufren porque no saben qué hacer o decir durante las visitas.  Puede ser que la relación antes del ingreso fuese algo distante o que sencillamente ésta consistía en encuentros periódicos que se habían convertido en rutinarios.

Qué es recomendable cuando se ingresa


Cuando su ser querido ingresa, es bueno hablar con la dirección del centro, algún miembro del equipo interdisciplinar o, si lo hay, el cuidador de referencia, sobre los criterios que existen en relación con las visitas.

Es muy posible que desde la residencia le pidan información para redactar el Plan de Cuidado del a persona (a veces lo llaman Plan Individual o Plan de Atención Individual), cuando la facilite estaría bien indicar la disponibilidad de los miembros de la familia para realizar visitas.  Toda la información que se facilita al principio sobre la persona, su vida previa al ingreso y sus relaciones sociales, facilita al equipo la preparación del Plan de Cuidado.

Cuestiones básicas durante la visita un ser querido (sobre todo si sufre demencia)


Respetar la privacidad de los residentes. Esto incluye llamar a la puerta antes de entrar en la habitación y salir al pasillo cuando se está proporcionando el cuidado personal. No es necesario que esté presente cuando el residente se cambia o se toma al baño.

Sea cálido en la interacción con su ser querido. Sonría con frecuencia y use el “tacto terapéutico” (puede ser colocar una mano sobre la de la persona querida u otra forma de contacto físico que le permita saber que está acompañada), a menos que la persona en concreto no quiere que lo toquen.

Hay que intentar mantener una conversación positiva y abstenerse de discutir. De lo contrario el residente puede llegar a sentirse confundido, enfadado o deprimido Esto es especialmente importante cuando se visita una persona con demencia.

Qué evitar  en las visitas a residencias de mayores


No lleve mascotas o niños pequeños si no está seguro de que se mantendrán tranquilos. Sobre las mascotas habrá que tener en cuenta las normas de la residencia así como la relación con ese tipo de animal que haya tenido la persona mayor antes del ingreso.  En relación a los niños hay que considerar que si se comportan bien y tenían relación con el residente, pueden proporcionar placer adicional para el mayor por lo que en vez de evitarlo habría que potenciarlo.   Además, también para los niños puede resultar positivo ver a sus abuelos o bisabuelos en la residencia ya que, si nunca los visitan y oyen hablar de la residencia como algo lejano y extraño pueden llegar a generar prejuicios.

No despertar al residente si está durmiendo. Es probable que necesite el sueño y es probable que se sienta desorientado o atontado si lo despertamos de golpe.

No llevar alimentos o bebidas que su ser querido no pueda tomar. Consulte con los profesionales del centro antes.  Es posible que algunos alimentos o bebidas puedan ser perjudiciales por su textura o composición, otros pueden requerir una atención especial si son facilitados.  Por eso, ante la duda, mejor preguntar.  Es posible que algún alimento sea muy significativo para la persona mayor o le evoque recuerdos, en ese caso puede ser muy bueno llevarlo a la visita o que la residencia lo sepa para poder mejorar la experiencia del mayor en el centro.  Lo que sí resulta fundamental es nunca dar de comer a otros residentes, a parte de su familiar sin consultar antes con el personal del centro.

Intentar evitar las visitas en grandes grupos. Esto puede abrumar a los residentes o generarles ansiedad. ¿Cuántos visitantes son demasiados? Esto varía de persona a persona, por lo que habrá que observar el estado de ánimo de su ser querido y cómo ha sido su vida anterior al ingreso.

No permanecer demasiado tiempo. Hay que evitar cansar a su familiar e interferir con los cuidados. Pero, ¿cuánto es demasiado? Eso depende. De nuevo, es diferente para cada residente y de nuevo hay que valorar cómo era la vida del mayor antes del ingreso.  No es lo mismo una hija que veía a su madre cada día durante dos horas que otra que solo la veía cada quince días.

Intente no interrumpir las actividades programadas del residente. Averigüe con el personal cuándo se programan actividades y cuáles son las que prefiere o con las que más disfruta su ser querido. En algunos casos, puede ser positivo sentarse a su lado lado durante alguna actividad; simplemente observar o incluso participar. Cada persona es un mundo y las mejores residencias son las que son capaces de adaptarse más a las necesidades y preferencias de cada residente por lo que lo mejor será preguntar y actuar en consecuencia.

Consejos que pueden facilitar las cosas


Un pequeño detalle que facilita mucho las cosas es el aprenderse los nombres de los profesionales que participan en el cuidado de su ser querido y ser cercano y cálido en su relación con ellos.

Trabajar cuidando a personas mayores que, por muy bien que sean atendidas se van deteriorando es duro cuando el mayor es un ser querido pero también cuando eres un profesional.  Por eso, pequeños detalles como darles las gracias por lo que hacen o mostrar algo de reconocimiento, tienden a hacer el día a día más fácil. 

Respetar al máximo los horarios de visita.  Este es un consejo que tiene dos caras.  Por un lado, cuando se elije una residencia de tercera edad para uno mismo o para un ser querido hay que valorar que los horarios de visitas se ajusten a las necesidades de la persona y sus familiares.  Por eso es una de las preguntas que siempre hay que hacer en el proceso de búsqueda de centro.  Pero, una vez se ha producido el ingreso hay que cumplir los horarios.

Mantenga abiertas las líneas de comunicación. En caso de que surjan problemas durante una visita, intente siempre tratar el tema con su profesional de referencia, responsable o la dirección del centro.  Evite transmitir quejas o reclamaciones al personal cuidador o de limpieza/mantenimiento ya que puede convertirse en una fuente de frustración sin ayudar a solventar las cosas.

Muéstrese colaborador.  En muchos casos vivimos el ingreso de un ser querido en una residencia como un “fracaso personal”.  Pensamos que con más esfuerzo podríamos haber cuidado nosotros al mayor o cosas por el estilo.  La forma de compensar ese sentimiento puede ser convertir las visitas en un momento en el que “encontrar todo mal”.     Lo conveniente es tener unas expectativas razonables sobre lo que es una residencia y saber que cuando algo no es como nos habían dicho, existen unos canales de comunicación.

Aproveche la experiencia para conocer a otras personas y colaborar.  En una residencia conviven personas que tienen algo en común.  Ser familiar de un mayor dependiente y en muchos casos con deterioro cognitivo puede unir si se intenta ser abierto y comunicar.  En algunas residencias se potencia esa comunicación y puede ser que algunos familiares que visiten asiduamente lleguen a conocer a todo el mundo.  Incluso puede ser que familias se pongan de acuerdo para que durante una visita a su madre, de paso, visiten a otra persona que ese día no tiene a nadie.

Muchas residencias de mayores han vivido experiencias en las que una hija o hijo, sigue visitando la residencia durante un tiempo tras el fallecimiento de su madre debido a que, durante la estancia, esas visitas y las personas con las que trtaba se habían convertido en parte de su vida.


Este texto está inspirado en un documento de la web Alzheimer’s Reading Room

jueves, 22 de septiembre de 2016

¿Cotizarán los robots a la Seguridad Social?

Crece el número de mayores mientras disminuye la población en su conjunto con lo que la tendencia se orienta hacia que la proporción entre viejos y jóvenes se decante inexorablemente hacia los primeros.  Un pensamiento que vuelve a mí de forma recurrente desde que he superado los cincuenta.

Sólo hace falta ver las cosas en perspectiva para darse cuenta de lo transitorio de la situación.   Las generaciones que vivimos en la tierra estamos de paso y lo que ahora nos parece un problema acuciante dentro de no mucho será un artículo en una revista de historia demográfica.

Robots trabajando en residencias
Lo que nos pasa es que nos cuesta ver las cosas en perspectiva cuando nuestra realidad nos ancla al suelo del presente de tal forma que lo que nos preocupa es el "pan para hoy" . El "hambre para mañana" lo escondemos bajo la alfombra intentando no pensar en qué pasará cuando finalmente tengamos que afrontarlo, personalmente o a través de nuestros hijos.

En 2016 tengo cincuenta y uno y espero jubilarme razonablemente a los setenta en 2035 (si no muero antes, por supuesto).

El número de personas de más de 65 superará entonces el 25% de una población que llevará veinte años reduciéndose.

Como nuestro sistema de pensiones se basa en que “quien trabaja hoy” paga la pensión a “quien hoy es jubilado” difícilmente en 2035 pueda cobrar una pensión que me permita tener un nivel de vida correcto por lo que mis perspectivas son bastante dudosas.

Intentando imaginar un futuro posible llego al portal Mexicano Meganoticias y leo lo siguiente

Según el último censo de población en Tehuacán existen 274 906 habitantes, de los cuales el 13.5%  son personas mayores de 60 años, o sea, tercera edad, lo que quiere decir que más de 37 mil personas se encuentran en este rango de edad, según el INEGI. Aproximadamente el 60% de estas personas a pesar de encontrarse algunas de ellas pensionadas, jubiladas y retiradas, tienen que buscar alguna actividad para poder llevar una vida modesta en mayor ocasiones se trata de actividades de autoempleo, sin embargo especialistas mencionan que estas personas tienen ventajas como son: estabilidad, compromiso, actitud de servicio y lealtad hacia la empresa, pero debido a las políticas empresariales este grupo de personas no pueden continuar trabajando formalmente.

¿Puede ser que el futuro sea el de unos jubilados subpensionistas que tengan que complementar su pensión haciendo “chapuzas”?

Alguien podrá decirme que esa es la situación actual para muchos de nuestros mayores hoy y que algunos hacen lo que pueden. 

Quizás si esto es así deberíamos ir flexibilizando algo la situación y permitir que el cobro de pensiones de jubilación pueda ser compatible con algunas formas de trabajo.  Se trataría de evitar lo que les ha pasado a los jubilados que han actuado como extras en el rodaje de algunas películas como “Ocho apellidos catalanes” a los que hacienda castigó por haber trabajado y cobrado “en blanco” mientras cobran una pensión.

Por supuesto que aceptar que la única forma de mantener el sistema es el seguir trabajando hasta la exhalación del último aliento es una opción.  También podríamos buscar formas en las que el sistema ingresase más.

La revolución postindustrial está llevando a unos avances que permiten que la inteligencia artificial, los sistemas de “aprendizaje profundo” que dotan a las máquinas de la posibilidad aprender sin intervención humana y el avance exponencial en la capacidad de gestionar cada vez una mayor cantidad de datos.  Pronto permitirán sustituir a millones de personas en actividades que  hasta ahora parecían requerir indispensablemente a un ser humano.

Los coches, camiones y autobuses que podrían conducirse solos a partir de 2030 podrían desplazar a unos 60 millones de personas (la cifra la pongo yo extrapolando que sólo en Estados Unidos se calcula que serían 4 millones) en todo el mundo.  Por supuesto que la experiencia anterior demuestra que la economía se acaba adaptando y quien pierde el trabajo por un avance industrial acaba encontrando otro en un sector nuevo.   

Otro avance que puede tener efectos espectaculares el “el robot costurero”, o sea un robot que sea capaz de seleccionar cortes de tela de varios montones, ponerlos juntos de forma correcta y coserlos para convertir esos retales en una pieza de ropa completa.  Aunque parezca mentira este robot no existe todavía y, cuando lo haga puede dejar sin trabajo a millones de personas que cosen en condiciones pésimas en talleres de China, Vietnam o Myanmar.  Ese robot puede permitir que mucha ropa que se produce en Asia pudiera ser fabricada en Europa o Estados Unidos en “fábricas desiertas” en las que trabajan muy pocos ingenieros y técnicos de mantenimiento. 

En el mundo de las residencias de mayores el avance tecnológico y la sustitución de personas por robots puede tardar algo más pero, no nos engañemos, el avance se está produciendo.

¿Seguimos? La inteligencia artificial puede permitir en pocos años que una cantidad ingente de “trabajo de oficina” se convierta en “automatizable”.  ¿Se imagina alguien hoy que el contable fuese un servicio en la nube que te hablase como lo hacen ahora los móviles?, o más aún ¿Podemos pensar en tener a un “abogado en la nube” que ni siquiera es una persona?  Pues no hace falta imaginar mucho porque casi lo tenemos.

O sea que podemos vislumbrar un futuro en el que seamos menos personas, mucho más viejas, con oportunidades de trabajo para los que estén bien preparados y con una especie de submundo laboral para los no preparados y los jubilados.

¿Suena mal?

Pues habrá que empezar a hacer algo.

Recientemente he leído la iniciativa lanzada en Europa sobre la invención de la figura de la “persona electrónica”, o sea, considerar a algunos robots como personas de forma que puedan pagar cotizaciones a la Seguridad Social.

Es algo de lo que empecé a leer en Enero y que en Junio estaba en la prensa económica.

La idea viene a ser, “si los robots acaban sustituyendo a una parte importante de la mano de obra  y si lo hacen de forma que sea claramente identificable el caso en el que una persona ha sido sustituida por un robot, ¿no sería lógico que esa persona electrónica pagase seguridad social e incluso impuestos?".

Como casi todo en la vida, la cuestión tiene sus pros y sus contras.  Por supuesto sería una forma de generar recursos para pagar pensiones y prestaciones sociales, también se podría valorar como una medida para evitar el ensanchamiento de la desigualdad entre quienes viven de “vender su capacidad de trabajo” y quienes lo hacen “administrando la capacidad de trabajo de otros”.

Pero no todo serían aspectos positivos.  Algunos han visto en la idea una forma oculta de aumentar los impuestos, una iniciativa que lastrará la evolución de la robótica o que supondrá ventajas competitivas para países que decidan sencillamente no aplicarlo. Otros simplemente lo han visto como una excentricidad y, llevando la propuesta a extremos ridículos defienden que con las cotizaciones de los robots deberían pagarse las reparaciones que necesiten éstos (igual que las cotizaciones pagan por la atención médica) o su desguace al final de su vida útil.

Sea como sea, el problema persiste, el tic-tac del reloj demográfico suena y sabemos que antes de ser un artículo en una revista de 2100 (posiblemente escrito por un robot), tendremos que afrontar la situación.


¿Qué vamos a hacer?