Hace unos días leí en la prensa que la Fundación Edad y Vida reclama un tipo de IVA único del 4% para las residencias de tercera edad privada, sea cual sea el tipo de prestación y la titularidad del servicio.
Para entender lo que pide la Fundación hay que entender que actualmente el IVA que pagan las residencias en España depende de varios factores por lo que, según quién presta y quién paga, este puede oscilar entre la exención y el 10% (este fue el título que puse a un post de 2012 donde explico este perverso abanico).
Ahora Edad y Vida razona que "es necesario considerar los servicios de atención a la dependencia (centros residenciales, centros de día, teleasistencia y servicios de atención a domicilio) como servicios de primera necesidad y, como tales, establecer el IVA súperreducido para los mismos, lo que “contribuiría a mejorar el acceso a este tipo de servicios” (fuente)
Estoy totalmente de acuerdo con esta propuesta que se ha presentado a los diferentes partidos políticos de cara a las próximas elecciones generales. Y de hecho me iba a poner a escribir argumentos a favor de tal reducción, como el del retorno que supone, el alejamiento que se ha producido en los últimos años entre la capacidad adquisitiva de los posibles usuarios y el precio de las residencias, entre otros.
Pero resulta que de todo eso ya he escrito en este blog por lo que me permito invitar a los lectores a releer algunos de los posts de hace algún tiempo y a dar su opinión (si de paso alguien quiere difundirlo en su perfil de redes sociales, mejor).
Sobre por qué el IVA debería ser único y del 4% (diciembre de 2012)
Sobre el calculo del retorno económico que produce gastar en dependencia (Octubre de 2012)
Opiniones sobre atención a personas mayores, Ley de Dependencia y políticas públicas. Cooperación público privada. Residencias, centros de día y servicios de ayuda a domicilio.
martes, 17 de noviembre de 2015
jueves, 5 de noviembre de 2015
¿De verdad se ha inundado un "asilo de ancianos" en Agramunt?
La noticia trágica de esta semana ha sido sin duda la muerte de cuatro personas que vivían en una residencia de mayores en Agramunt (Lleida) a causa de una avenida de agua.
Cuando escuché la noticia por la radio me quedé helado. Por desgracia, que de vez en cuando haya un incendio en una residencia y que, como consecuencia muera algún residente, es algo terrible pero no inaudito. En cambio, que una residencia pueda inundarse con tan tristes consecuencias sí me lo pareció.
En seguida quise saber algo más sobre lo que había sucedido y allí fue cuando la sorpresa se convirtió en parte en abatimiento.
Esto es lo que leí en "El País"
Yo pensaba que a estas alturas la idea de que las residencias de personas mayores son establecimientos donde se prestan servicios profesionales de calidad ya estaba implantada en la sociedad.
Los "asilos" eran lugares donde antiguamente se ofrecía, por caridad o beneficencia refugio a personas desvalidas. Se les daba lo mínimo para subsistir y se les hacía vivir en condiciones precarias. Aún así cumplían una función social ya que la otra opción era la muerte en la miseria.
Las residencias de hoy, entre ellas la de Agramunt, son edificios adaptados con un equipo de profesionales preparados que suelen asistir a personas mayores dependientes, que en muchos casos requieren de atención permanente y que, ¿por qué no decirlo? Lo suelen hacer muy bien.
Antes iban a los asilos los que no tenían ninguna otra opción, los pobres menesterosos los que, según el dicho popular "no tenían donde caerse muertos". Hoy día van a a las residencias algo menos de un 4% de la población mayor, reciben cuidados profesionales y , en muchos casos, viven sus últimos años y mueren en unas condiciones mucho mejores de las que tenían en sus casas.
El problema de las residencias es que el servicio que prestan resulta costoso y hay muchas personas que necesitarían vivir en una pero no pueden hacerlo porque no pueden pagar el precio ni encuentran a una administración dispuesta a hacerlo por ellos.
La residencia de Agramunt se construyó hace 10 años con todos los requisitos de accesibilidad, arquitectónicos y de funcionamiento que exigen las administraciones. Dispone de todas las licencias, autorizaciones y acreditaciones posibles, recibe inspecciones periódicas (al menos una al año) que acreditan su buen funcionamiento, y, aún así ha sufrido la desgracia.
Siempre hay diferentes formas de explicar la realidad. Cuando los periodistas utilizan la palabra "asilo de ancianos" predisponen negativamente a quien lea la noticia, algo que considero terriblemente injusto.
Creo que las administraciones tienen que investigar por qué ha sucedido la desgracia. Cómo es posible que una crecida del río pueda inundar una zona habitada sin que los habitantes tengan un aviso. Más que nada para evitar que algo parecido pueda suceder.
Si yo fuera periodista creo que hubiese puesto el foco en ese punto. Supongo que como no lo soy me me conformaré escribiendo este blog, enviando el pésame a las personas cercanas a las fallecidas y mi ánimo a todo el equipo de la residencia Ribera del Sió.
Cuando escuché la noticia por la radio me quedé helado. Por desgracia, que de vez en cuando haya un incendio en una residencia y que, como consecuencia muera algún residente, es algo terrible pero no inaudito. En cambio, que una residencia pueda inundarse con tan tristes consecuencias sí me lo pareció.
En seguida quise saber algo más sobre lo que había sucedido y allí fue cuando la sorpresa se convirtió en parte en abatimiento.
Esto es lo que leí en "El País"
Esto es lo que apareció en la portada de "El Periódico" al día siguiente
Los "asilos" eran lugares donde antiguamente se ofrecía, por caridad o beneficencia refugio a personas desvalidas. Se les daba lo mínimo para subsistir y se les hacía vivir en condiciones precarias. Aún así cumplían una función social ya que la otra opción era la muerte en la miseria.
Las residencias de hoy, entre ellas la de Agramunt, son edificios adaptados con un equipo de profesionales preparados que suelen asistir a personas mayores dependientes, que en muchos casos requieren de atención permanente y que, ¿por qué no decirlo? Lo suelen hacer muy bien.
Antes iban a los asilos los que no tenían ninguna otra opción, los pobres menesterosos los que, según el dicho popular "no tenían donde caerse muertos". Hoy día van a a las residencias algo menos de un 4% de la población mayor, reciben cuidados profesionales y , en muchos casos, viven sus últimos años y mueren en unas condiciones mucho mejores de las que tenían en sus casas.
El problema de las residencias es que el servicio que prestan resulta costoso y hay muchas personas que necesitarían vivir en una pero no pueden hacerlo porque no pueden pagar el precio ni encuentran a una administración dispuesta a hacerlo por ellos.
La residencia de Agramunt se construyó hace 10 años con todos los requisitos de accesibilidad, arquitectónicos y de funcionamiento que exigen las administraciones. Dispone de todas las licencias, autorizaciones y acreditaciones posibles, recibe inspecciones periódicas (al menos una al año) que acreditan su buen funcionamiento, y, aún así ha sufrido la desgracia.
Siempre hay diferentes formas de explicar la realidad. Cuando los periodistas utilizan la palabra "asilo de ancianos" predisponen negativamente a quien lea la noticia, algo que considero terriblemente injusto.
Creo que las administraciones tienen que investigar por qué ha sucedido la desgracia. Cómo es posible que una crecida del río pueda inundar una zona habitada sin que los habitantes tengan un aviso. Más que nada para evitar que algo parecido pueda suceder.
Si yo fuera periodista creo que hubiese puesto el foco en ese punto. Supongo que como no lo soy me me conformaré escribiendo este blog, enviando el pésame a las personas cercanas a las fallecidas y mi ánimo a todo el equipo de la residencia Ribera del Sió.
jueves, 29 de octubre de 2015
¿Ha llegado el momento de vender la residencia?
Recientemente el propietario de una
residencia de mayores, cliente y amigo, me hizo la pregunta que da título a
este post: “¿Ha llegado el momento de vender la residencia?”. Me encantaría poder responder con un “sí” o
un “no”, pero soy incapaz. En vez de eso planteo una reflexión en la que
creo se puede encontrar algo parecido a una respuesta.
Creo que para empezar hay que tener en
cuenta que el sector empresarial de las residencias de personas mayores es algo
relativamente reciente.
Si comparamos las residencias que había
en España en 1990 y las que hay en la actualidad vemos que la cifra se ha
multiplicado por entre cuatro y cinco.
Si analizamos el perfil de lo que había hace veinticinco años y lo que
hay ahora nos encontramos con que se ha pasado de un sector de “residencias de
monjas” y de “pensionistas de la
Seguridad Social”, con pocas residencias privadas, a otro mucho más variado en
el que conviven algunos centros públicos (con diferentes modalidades de
gestión) con muchísimas residencias
privadas (con y sin ánimo de lucro), desde las de formato familiar hasta las
cadenas pertenecientes a grupos
multinacionales pasando por amplio abanico de variaciones.
El sector se ha sofisticado y complicado
mucho durante este cuarto de siglo. La
separación entre lo público y lo privado se ha difuminado tanto que hoy muchas
residencias públicas están gestionadas por empresas y muchísimas residencias
privadas tienen como primer cliente a una comunidad autónoma que les concierta
plazas o se las financia a través de algún tipo de prestación.
La demanda puramente privada ha variado
también a medida que el “residente social” se ha ido transformando cada vez más
en “residente sociosanitario”; este factor junto con el aumento del número de
residencias, la crisis económica y la subida en los costes, ha segmentado la
demanda haciendo más difícil cubrir las plazas ahora que hace unos años y
obligando a muchos centros a vivir lejos de la plena ocupación a la que venían
acostumbrados.
A todo esto, el sector está viviendo un
momento peculiar y con un marcado elemento gerontológico: muchas de las personas que fueron
emprendedoras durante los últimos años y decidieron invertir en el proceloso
mundo de las residencias están alcanzando
ellos mismos la edad de jubilación y se plantean qué hacer ahora.
Cada vez es más común, encontrar a una
“segunda generación”, a la cabeza, o acompañando
en la gerencia de residencias que montaron sus padres. Hijos de los promotores, que en muchos casos
han orientado su carrera profesional hacia lo geroasistencial y aportan el
dinamismo y adaptación al cambio necesario en estos momentos.
Pero tampoco resulta extraño encontrar al
empresario que no descarta la salida. En algunos casos, el negocio está ahora
algo mejor que el año pasado pero bastante peor que hace cinco y el empresario
no se siente con fuerza de tirar adelante.
En otros, la residencia se ha convertido en inviable si no se acometen
reformas importantes por lo que sigue adelante aunque sin una perspectiva clara
de qué pasará (“Me sale más caro cerrar que seguir”), y, aún en otros, la
residencia funciona razonablemente bien y los propietarios desean obtener un
rendimiento con la venta o traspaso acorde con los rendimientos que produce.
Lo interesante del momento actual es que,
después de un paréntesis de cierta atonía, coincide el aumento de número de
propietarios de residencias que se plantean la venta o traspaso de su negocio, con
el de personas y grupos que están buscando invertir en el sector. Aunque hablo de empresarios como si estos
fuesen siempre personas físicas, lo mismo se aplica a empresas de otros
sectores que invirtieron en el geroasistencial.
Por supuesto que invertir en una
residencia hoy por hoy supone asumir importante riesgo. Pero también lo es que en los próximos años
vamos a vivir un incremento considerable en el número de personas mayores y
que, si finalmente la salida de la crisis se convierte en una realidad palpable
y las normas de colaboración con la administración se consolidan, la demanda de
plazas crecerá. Así las cosas, si se selecciona bien, estamos en un buen momento para entrar.
En definitiva, estamos en un buen momento para que todos los
propietarios de residencias, grandes y pequeños; “solidarios” y mercantiles,
hagan un pequeño examen de conciencia empresarial y se imaginen cómo van a
estar dentro de cinco años.
Como a pesar el aumento de costes, los
precios de las plazas se resisten a subir, estos van a seguir siendo años de
racionalizar costes e intentar hacer “más con menos”. Como la demanda parece seguir encaminándose
hacia un tipo de residente con necesidades mucho más sanitarias, el modelo y la
orientación de la atención deberá caminar en ese camino pero sin dejar de lado
las preferencias y deseos del usuario (por la tendencia hacia modelos de
atención centrados en la persona) lo que va a requerir un esfuerzo de cambio y
adaptación constante. Ese mismo cambio
va a obligar a dedicar más tiempo a la captación de clientes privados y
públicos lo que supone aumentar el esfuerzo dedicado a la comercialización y a
intentar captar residentes con financiación pública.
Todo esto sumado al día a día de la
residencia que ya es de por sí complicado.
Si es momento o no de vender la
residencia depende, así, en primer lugar de cómo está la propia residencia
(situación económica, adaptación a normativas actuales y nuevas, posibilidad de
tener plazas públicas, aspectos jurídicos y expectativas de ocupación privada);
de cómo está la propiedad (estado de ánimo para seguir adelante) y de las
expectativas que se tengan de la venta.
De lo que estoy seguro es de que en los
próximos tiempos vamos a ver que muchas residencias se hacen el planteamiento y
llegan a una respuesta afirmativa y que, en la situación actual, van a
encontrar con quién llegar a un acuerdo.
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