jueves, 29 de octubre de 2015

¿Ha llegado el momento de vender la residencia?

 Recientemente el propietario de una residencia de mayores, cliente y amigo, me hizo la pregunta que da título a este post: “¿Ha llegado el momento de vender la residencia?”.  Me encantaría poder responder con un “sí” o un “no”,  pero soy incapaz.  En vez de eso planteo una reflexión en la que creo se puede encontrar algo parecido a una respuesta.

Creo que para empezar hay que tener en cuenta que el sector empresarial de las residencias de personas mayores es algo relativamente reciente.

Si comparamos las residencias que había en España en 1990 y las que hay en la actualidad vemos que la cifra se ha multiplicado por entre cuatro y cinco.  Si analizamos el perfil de lo que había hace veinticinco años y lo que hay ahora nos encontramos con que se ha pasado de un sector de “residencias de monjas” y  de “pensionistas de la Seguridad Social”, con pocas residencias privadas, a otro mucho más variado en el que conviven algunos centros públicos (con diferentes modalidades de gestión)  con muchísimas residencias privadas (con y sin ánimo de lucro), desde las de formato familiar hasta las cadenas  pertenecientes a grupos multinacionales pasando por amplio abanico de variaciones.

El sector se ha sofisticado y complicado mucho durante este cuarto de siglo.  La separación entre lo público y lo privado se ha difuminado tanto que hoy muchas residencias públicas están gestionadas por empresas y muchísimas residencias privadas tienen como primer cliente a una comunidad autónoma que les concierta plazas o se las financia a través de algún tipo de prestación.

La demanda puramente privada ha variado también a medida que el “residente social” se ha ido transformando cada vez más en “residente sociosanitario”; este factor junto con el aumento del número de residencias, la crisis económica y la subida en los costes, ha segmentado la demanda haciendo más difícil cubrir las plazas ahora que hace unos años y obligando a muchos centros a vivir lejos de la plena ocupación a la que venían acostumbrados.

A todo esto, el sector está viviendo un momento peculiar y con un marcado elemento gerontológico:  muchas de las personas que fueron emprendedoras durante los últimos años y decidieron invertir en el proceloso mundo de las residencias están  alcanzando ellos mismos la edad de jubilación y se plantean qué hacer ahora.
  
Cada vez es más común, encontrar a una “segunda generación”, a la cabeza,  o acompañando en la gerencia de residencias que montaron sus padres.  Hijos de los promotores, que en muchos casos han orientado su carrera profesional hacia lo geroasistencial y aportan el dinamismo y adaptación al cambio necesario en estos momentos.   

Pero tampoco resulta extraño encontrar al empresario que no descarta la salida. En algunos casos, el negocio está ahora algo mejor que el año pasado pero bastante peor que hace cinco y el empresario no se siente con fuerza de tirar adelante.  En otros, la residencia se ha convertido en inviable si no se acometen reformas importantes por lo que sigue adelante aunque sin una perspectiva clara de qué pasará (“Me sale más caro cerrar que seguir”), y, aún en otros, la residencia funciona razonablemente bien y los propietarios desean obtener un rendimiento con la venta o traspaso acorde con los rendimientos que produce.

Lo interesante del momento actual es que, después de un paréntesis de cierta atonía, coincide el aumento de número de propietarios de residencias que se plantean la venta o traspaso de su negocio, con el de personas y grupos que están buscando invertir en el sector.  Aunque hablo de empresarios como si estos fuesen siempre personas físicas, lo mismo se aplica a empresas de otros sectores que invirtieron en el geroasistencial.

Por supuesto que invertir en una residencia hoy por hoy supone asumir importante riesgo.  Pero también lo es que en los próximos años vamos a vivir un incremento considerable en el número de personas mayores y que, si finalmente la salida de la crisis se convierte en una realidad palpable y las normas de colaboración con la administración se consolidan, la demanda de plazas crecerá.  Así las cosas, si se selecciona bien, estamos en un buen momento para entrar.

En definitiva,  estamos en un buen momento para que todos los propietarios de residencias, grandes y pequeños; “solidarios” y mercantiles, hagan un pequeño examen de conciencia empresarial y se imaginen cómo van a estar dentro de cinco años.

Como a pesar el aumento de costes, los precios de las plazas se resisten a subir, estos van a seguir siendo años de racionalizar costes e intentar hacer “más con menos”.  Como la demanda parece seguir encaminándose hacia un tipo de residente con necesidades mucho más sanitarias, el modelo y la orientación de la atención deberá caminar en ese camino pero sin dejar de lado las preferencias y deseos del usuario (por la tendencia hacia modelos de atención centrados en la persona) lo que va a requerir un esfuerzo de cambio y adaptación constante.  Ese mismo cambio va a obligar a dedicar más tiempo a la captación de clientes privados y públicos lo que supone aumentar el esfuerzo dedicado a la comercialización y a intentar captar residentes con financiación pública.

Todo esto sumado al día a día de la residencia que ya es de por sí complicado.

Si es momento o no de vender la residencia depende, así, en primer lugar de cómo está la propia residencia (situación económica, adaptación a normativas actuales y nuevas, posibilidad de tener plazas públicas, aspectos jurídicos y expectativas de ocupación privada); de cómo está la propiedad (estado de ánimo para seguir adelante) y de las expectativas que se tengan de la venta.


De lo que estoy seguro es de que en los próximos tiempos vamos a ver que muchas residencias se hacen el planteamiento y llegan a una respuesta afirmativa y que, en la situación actual, van a encontrar con quién llegar a un acuerdo.