jueves, 20 de febrero de 2014

UN POCO MÁS SOBRE CONTENCIONES

Hace unos días me entero de que un buen amigo mío ha tenido un derrame y está ingresado en un hospital de los de referencia en Barcelona.  Al principio parece que la cosa es muy grave.  Le operan, está en la UCI durante varios días (No vengas todavía. Estoy con la familia y, total no se puede hacer nada me dice su mujer).  Empiezo a pensar que no volveré a verle.  Durante unos días no consigo contactar y me temo lo peor.

Después recibo el mensaje.  Está mejor, ya está en planta y puedo ir a visitarle.  La cosa ha sido fuerte pero, de momento parece que ha salido. 

Voy de visita.  Transito por un edificio decimonónico restaurado.  Módulo tal, escalera cual, pasillo no me acuerdo, habitación no se qué”, parece un laberinto.  Tengo que salir a una especie de terraza para acceder al lugar correcto,  y finalmente allí está.  Tiene setenta y tantos.   Comió en casa hace menos de un mes, parece que en este tiempo ha envejecido diez años, pero está vivo y, aunque con un hablar un poco ralentizado, razona, conoce y me relata su peripecia.

Convenimos que ha sido afortunado.  La Sanidad Pública ha funcionado y se está recuperando. Dos cosas llaman poderosamente mi atención y, en principio me resisto a preguntarle.  Está sentado en uno de esos sillones de hospital y rodeando su abdomen puedo ver un cinturón de contención con cierre magnético que le impide levantarse y le mantiene en el asiento. Además, cuando le operaron le afeitaron una parte de la cabeza.  No toda, aproximadamente una tercera parte.  Con los días algo de pelo ha crecido, pero la desigualdad capilar le hace tener un aspecto peculiar, algo raro y en cualquier caso, muy diferente al que le recuerdo desde que le conocí hace más de veinte años.

Hablamos y, cuando no aguanto más le pregunto por qué lleva el cinturón.  Parece que no me  porto bien.  La otra noche me levanté y arranqué la puerta del armario.  Su mujer me explica con algo más de detalle que se despertó por la noche y se levantó para ir al baño, se desoriento y abrió la puerta del armario empotrado.  Después lo encontraron en el suelo con la puerta encima. 

Supongo que las puertas de armario de hospital no están preparadas para pacientes desorientados de más de uno ochenta y más de noventa quilos.  Total, que duerme con una contención en la cama y vive sujeto a la silla.  Cuando su mujer lo pide, le sueltan la contención y pasean por la planta.

-    ¿Os han dado a firmar alguna hoja de consentimiento? - pregunto.

-    No.  Supongo que debe formar parte de lo que firmó mi mujer autorizando la operación.-

-    Pero, ¿tú estás de acuerdo?- insisto.

-    ¿Qué quieres que haga si lo dicen los médicos?  Además arranqué la puerta del armario.  Sólo serán unos días y ya no me atan las manos.-

-    Ya sabes lo rebelde que es.-  Añade su mujer. - Si le dejas solo en la habitación y quiere ir al lavabo, en vez de llamar y esperar a que le ayuden es capaz de levantarse y podríamos tener otro susto importante.  Mejor así.-

Estoy muy contento de que mi amigo esté mejor.  Me gustaría que le hubiesen cortado el pelo mejor pero eso no es importante.

Y sobre las contenciones

Curiosamente cuando se aplican en una residencia geriátrica tienen una reglamentación restrictiva que obliga a que exista una prescripción médica, una supervisión y en casi todas las comunidades autónomas una serie de protocolos, registros y programas.


En hospitales, sencillamente, no hay reglamentación.