domingo, 17 de febrero de 2013

DICECIOCHO AÑOS DESPUÉS DE MIS PRIMEROS CINCO AÑOS

Tengo en un armario una caja, de esas que en las oficinas utilizan para archivar documentos que no se consultan a menudo.  En ella voy poniendo cosas importantes para mí.  Hoy iba a guardar un papel y he visto que estaba tan llena que no cabía nada más.   Intentando localizar cosas que pudiera tirar para hacer sitio me he puesto a mirar el contenido.  Al final he decidido empezar una "caja número 2" y me he quedado en la mesa con un boletín de comunicación interna del Departamento de Benestar Social de la Generalitat de Octubre de 1995 en el que escribí un artículo.  El boletín es verdaderamente rupestre, no más que unas fotocopias dobladas que nos daban a los funcionarios con información quincenal.

Esto es lo que escribí hace dieciocho años:

Creo que todos pasamos por momentos en la vida en los que nos paramos un instante y miramos atrás. Las hojas del calendario pavimentan el suelo y sólo algunos recuerdos brotan sobresaliendo entre la intrascendencia. Las cosas buenas luchan por colocarse en un primer plano de la memoria intentando disolver  los recuerdos amargos que menguan relativizados.   

Pronto hará cinco años desde que empecé a trabajar en el Departamento de Bienestar Social, concretamente como inspector de servicios sociales, lo que en mi caso es casi como decir inspector de residencias para mayores. Mi trabajo podría definirse como un entrometido profesional, una especie de invasor cualificado que entra en casa de los demás i lo mira, mide, pregunta y comprueba todo.  Sería un trabajo menospreciable si no fuera porque su finalidad es que se cumpla la Ley y que las personas que viven en residencias tengan garantizado un trato digno y respetuoso.  Día tras día, centro tras centro el trabajo es esencialmente el mismo.  Resulta sin embargo sorprendente que nunca  nada se repita.  Siempre hay un mayor que te explica algo de su vida anterior al ingreso, una residente que te confunde con un ser querido y te da un abrazo inesperado transmitiendo un amor que aunque es robado, por un momento recibes como propio.  Resulta sorprendente como las personas convertidas en residentes explican a un desconocido cosas que antes hubiesen guardado como un tesoro de su intimidad.

Por eso, cuando imagino estos cinco años, veo un mosaico de piezas desiguales de las que destacan situaciones, personas y momentos.  Me parece ver a la señora Pepita, de 84 años, que vive en una residencia de Osona. En seguida se sabe que fue cantante (guarda una foto preciosa en el dormitorio en la que aparece acompañada por Mari Sanpere) y no hace falta insistir demasiado para que, con una voz que conserva la calidad de quien fue profesional, te regale una aria de Aida o un cuplé de después de la guerra.

Las primeras veces que fui al centro, dedicaba un rato a hablar con ella y preguntarle cómo iba todo.  La última, cuando estaba a punto de irme una voz desde una silla de ruedas me preguntó "¡Qué! ¿Ya no quiere saber nada de mí?".  Aquel día, imperdonable, había hablado con otros residentes  y me había olvidado de la señora Pepita.

También me viene al recuerdo ese hombre de 93 años que pensaba que lo estaban envenenando porque últimamente se olvidaba de algunas cosas y se le iba la cabeza.  Me decía que había luchado en Marruecos, en la guerra civil, había vivido en el exilio y nunca ¡Nunca! había olvidado nada por lo que seguro que sus olvidos se debían a algo que le ponían en la comida.

También el personal de las residencias tienen un lugar en el mosaico.  Es cierto que algunos empresarios miran más la peseta que la asistencia, pero hay muchos más que han modernizado las instalaciones,  preparado al personal y dan servicios de calidad.  En más de una ocasión he visto centros privados que mantienen a usuarios que no podían pagar el precio establecido y personal de residencia que ha pasado días en un hospital acompañando, fuera de su horario y sin cobrar, a un residente sin familia.

Las residencias, por ignorancia o por desinterés tienen un grado de mala fama que es injusta y no responde a la situación real.  Los medios de comunicación sobredimensionan  lo que es extraordinario y, casi nunca hacen público lo que pasa con más frecuencia.  Por eso, cuando, con más o menos fortuna han reflejado una situación  límite, han transmitido a la sociedad la sensación de que las residencias son todas malas.

Repasando mentalmente lo que he conocido, sólo puedo pensar que en cinco años, las cosas han cambiado mucho en el mundo de las residencias, y casi todas a mejor.

La adminstración, que ha hecho un considerable esfuerzo en la creación de plazas públicas, se ha visto acompañada por una sociedad civil que, en forma de órdenes religiosas, fundaciones, cooperativas y asociaciones han tejido una tupida red de servicios  para los que no pueden permanecer en su casa.  Y, al lado de la iniciativa no lucrativa, disponemos actualmente de un sector privado que entiende que el futuro se sitúa en la prestación de servicios de calidad.

Hace cinco años muchos titulares de centros desconocían la existencia de la normativa.  Hoy  es el propio sector el que empuja a la administración hacia el reciclaje y la profesionalización.

Creo que el cambio hacia mejor no se ha hecho gracias a alguien en concreto.  Es un proceso de esfuerzo común que continua y del que, hoy, acompañado por los habitantes de mi memoria, me siento orgulloso de poder formar parte.

Cuántas vueltas da la vida.

Al releer lo que escribí hace dieciocho años me he dado cuenta de que me había olvidado del señor que había luchado en Marruecos.  La señora Pepita Riera, que vivió en la residencia (hoy cerrada) Mas Ricart, sigue allí en el recuerdo.