martes, 4 de septiembre de 2012

PASO ADELANTE, PASO ATRÁS

La ventaja de tener amigos extranjeros es que tienes ocasión de intercambiar puntos de vista con personas contaminadas por otro contexto y medios de comunicación.  El inconveniente es que últimamente, las preguntas y comentarios que me hacen sobre España me hacen sonrojar.

En poco tiempo he podido habla con un francés, un sueco y una holandesa y, todavía no se me ha bajado el carmesí de las mejillas.

Es cierto que el gobierno está tomando medidas impopulares, y en algunos casos, según mi opinión, equivocadas.  Pero lo que es más cierto es que aquéllo a lo que nos habíamos acostumbrado como país  lo estábamos pagando con dinero prestado que ya no nos quieren dejar.  Encima habíamos llegado, en algunos puntos a situaciones en las que teníamos condiciones más favorables que aquéllos a los que les pedimos dinero.  A los ojos de un alemán, un holandés o un finlandés, es como si un vecino le pide dinero a otro para pagar la cuota en el club de golf o las clases de hípica del hijo.

Me explico.  Resulta que el hecho de que la atención sanitaria sea totalmente gratuita para todos (exceptuando el copago farmacéutico), es algo que no existe ni en Suecia, ni en Alemania ni en ninguno de nuestros países acreedores.  De hecho lo saben tan bien que algunos norteños han venido a España a operarse gratis de intervenciones por las que en sus casas tendrían que haber pagado. Que una persona se pueda empadronar sin ningún requisito y acceder automáticamente a la sanidad y educación de forma gratuita, existe en muy pocos países, fuera de España.  Que el servicio de ayuda a domicilio se siga prestando de forma totalmente gratuita para todos, como en algunos ayuntamientos es también bastante extraño en el contexto europeo.

Sigamos imaginando.  Ahora somos un eurofuncionario alemán que llega a Madrid o Barcelona para una reunión.  Lo primero que encuentra es, en ambos casos, un aeropuerto que es mucho más lujoso y aparente que cualquiera de los que ha dejado en su país.  Según un conocido alemán, "el aeropuerto de Barcelona parece más propio de un Emirato que de un país que no puede pagar sus deudas" (cuando me lo dijo pensé, ¡Pues si llega a ver el de Madrid!).

Podría seguir, yo o cualquiera que tenga ojos, relatando la lista de despilfarros en forma de aeropuertos fantasma, vías muertas y palacios de congresos vacíos.

Si lo vemos desde la perspectiva española siempre podemos decir, "No es culpa mía, que paguen los culpables".  Si lo vemos desde la perspectiva de aquéllos a los que seguimos pidiendo dinero, la distinción entre culpables e inocentes no se ve tan clara.  Un empleado de oficina de Helsinki que haya visitado este verano España puede preguntarse:  ¿Cuántos se opusieron a la construcción del aeropuerto de Ciudad Real, Castellón o Lleida? ¿Cuántos dijeron que era ridículo que cada capital de provincia tuviese un palacio de congresos que apenas se ocupa veinte días al año y siempre genera pérdidas? ¿Cuántos votantes tenían los partidos que se opusieron a la construcción de la red de alta velocidad? ¿Quien se ha opuesto, en todos estos años,  a la gratuidad total de la sanidad para todos (incluso para los que sin duda podrían haber pagado algo sin notarlo)? ¿Quién se ha movilizado hasta ahora para que haya menos ayuntamientos? ¿Quién se quejó cuando durante tres años se dio el cheque bebé de 2.500 euros a todo aquél que tuvo un hijo, aunque ganase un millón de euros al año? ¿Quién dijo que la Ley de Dependencia no se podía pagar por lo que no se tenía que haber puesto en marcha de una forma tan precipitada? ¿Quién se quejó porque los bancos diesen hipotecas por el 110% del valor de tasación o porque los tasadores "siempre acertasen"?

¿Cuál es la respuesta correcta a estas preguntas?, Da igual. La respuesta, percibida por un finlandés, nos convierte en culpables a todos.  Y esa es la respuesta que marcará nuestro futuro próximo.

Tenemos que convencer a nuestros vecinos del norte de que hemos cambiado.  Ahora somos austeros,  nos vamos a subir los impuestos, vamos a recortar servicios, vamos a adelgazar aunque nos lleve a la recesión.  Pero ¿qué ve el norteño?  Que, dejando a un lado la contestación en la calle, cuando se plantea que los inmigrantes irregulares tengan que pagar por recibir servicios no urgentes, varias comunidades dicen que no lo aceptan.  Que cuando se plantea recortar los derechos que estableció la Ley de Dependencia, pasa tres cuartos de lo mismo.

La imagen que damos es la de alguien que da un paso adelante y otro atrás (a veces al mismo tiempo).  Sólo hay que abrir el periódico para verlo.  El día 3 de Septiembre en el Comercio leo  «Es un logro que en Asturias no se pare la Ley de la Dependencia, como sí lo harán otras comunidades, pero hace falta presupuesto».  ¿Lo ha dicho Groucho Marx?  No, un líder de Comisiones Obreras.  (¿Quien vota por que el coche siga andando sin gasolina?, ¿Todos? Pues, camaradas, hemos resuelto el problema.)

Releo lo anterior y creo que he sido un poco cínico.  Perdonen.  Es fruto de la vergüenza.